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(Montevideo 1875-1910)
Poeta uruguayo iniciado en el romanticismo tardío y líder de la vanguardia modernista en la literatura uruguaya. LOS PARQUES ABANDONADOS
Eufocordias
El banco del suplicio
... et puis je suis parti, pleurant comme un enfant! Musset
A punto de dormirte bajo el ledo suspiro del arcángel que te guía, hirióme el corazón tu analogía con una ingrata que olvidar no puedo.
Reclinada en el banco del viñedo, junto al tilo de exánime apatía, al iluso terror de que eras mía me arrodillé con tembloroso miedo.
Partido por antiguo sufrimiento, sobre tu frente agonicé un momento... y cuando el sueño te aquietó en el blando
tul irreal de los deliquios suyos, uniéronse mis labios a los tuyos, y como un niño me alejé llorando.
La estrella del destino
La tumba, que ensañáse con mi suerte, me vio acercar a vacilante paso, como un ebrio de horrores, que al acaso gustase la ilusión de sustraerte.
En una larga extenuación inerte, pude medir la infinidad del caso, mientras que se pintaba en el ocaso la dulce primavera de tu muerte.
La estrella que amparónos tantas veces, y que arrojara, en medio de las preces, un puñado de luz en tus despojos,
hablóme al alma, saboreando llanto: «¡Oh hermano, cuánta vida en esos ojos que se apagaron de alumbrarnos tanto!»
El camino de las lágrimas
Citándonos, después de oscura ausencia, tu alma se derretía en largo lloro, a causa de quién sabe qué tesoro perdido para siempre en tu existencia.
Junto a los surtidores, la presencia semidormida de la tarde de oro, decíate lo mucho que te adoro y cómo era de sorda mi dolencia.
Pesando nuestra angustia y tu reproche, toda mi alma se pobló de noche... Y al estrecharte murmurando aquellas
remembranzas de dicha a que me amparo, hallé un sendero matinal de estrellas, en tu falda ilusión de rosa claro.
La gota amarga
Soñaban con la Escocia de tus ojos verdes, los grandes lagos amarillos; y engarzó un nimbo de esplendores rojos la sangre de la tarde en tus anillos.
En la bíblica paz de los rastrojos gorjearon los ingenuos caramillos, un cántico de arpegios tan sencillos que hablaban de romeros y de hinojos.
¡Y dimos en sufrir! Ante aquel canto crepuscular, escintiló tu llanto... Viendo nacer una ilusión remota,
callaron nuestras almas hasta el fondo... y como un cáliz angustioso y hondo mi boca recogió la última gota.
La sombra dolorosa
Gemían los rebaños. Los caminos llenábanse de lúgubres cortejos; una congoja de holocaustos viejos ahogaba los silencios campesinos.
Bajo el misterio de los velos finos, evocabas los símbolos perplejos, hierática, perdiéndote a lo lejos con tus húmedos ojos mortecinos.
Mientras unidos por un mal hermano, me hablaban con suprema confidencia los mudos apretones de tu mano,
manchó la soñadora transparencia de la tarde infinita el tren lejano, aullando de dolor hacia la ausencia.
Luna de miel
Huyó, bajo sus velos soñadores, la tarde. Y en los torvos carrizales zumbaba con dulzuras patriarcales el cuerno de los últimos pastores.
Entre columnas, ánforas y flores y cúpulas de vivas catedrales, gemí en tu casta desnudez rituales artísticos de eróticos fervores.
Luego de aquella voluptuosa angustia que dio a tu faz una belleza mustia, surgiendo entre la gasa cristalina
tu seno apareció como la luna de nuestra dicha y su reflejo en una linfa sutil de suavidad felina.
La reconciliación
Alucinando los silencios míos, al asombro de un cielo de extrañeza; la flébil devoción de tu cabeza aletargó los últimos desvíos.
Con violetas antiguas, los tardíos perdones de tus ojos mi aspereza mitigaron. Y entonces la tristeza se alegró como un llanto de rocíos.
Una profética efluxión de miedos, entre el menudo aprisco de tus dedos, como un David, el piano interpretaba.
En tanto, desde el místico occidente, la media luna, al ver que te besaba, entró al jardín y se durmió en tu frente.
Decoración heráldica
Señora de mis pobres homenajes, débote amar aunque me ultrajes. Góngora
Soñé que te encontrabas junto al muro glacial donde termina la existencia, paseando tu magnífica opulencia de doloroso terciopelo oscuro.
Tu pie, decoro del marfil más puro, hería, con satánica inclemencia, las pobres almas, llenas de paciencia, que aún se brindaban a tu amor perjuro.
Mi dulce amor que sigue sin sosiego, igual que un triste corderito ciego, la huella perfumada de tu sombra,
buscó el suplicio de tu regio yugo, y bajo el raso de tu pie verdugo puse mi esclavo corazón de alfombra.
La violeta
Y una violeta llenó el alma de la tarde.
Morían llenos de clamor los sotos, y érase en aquel rincón exiguo, un misterioso malestar ambiguo de dichas y de ayes muy remotos.
¡Oh, cartas!..., en el cenador contiguo las dalias recordaron nuestros votos cual si se condolieran de los rotos castillos blancos de papel antiguo...
La tarde saturóse en la glorieta, de tu pañuelo suave de violeta; al par que sugiriendo tus agravios,
veló el cielo, como alma de reproche, la violeta cordial que aquella noche suspendí de la gracia de tus labios.
La novicia
Surgiste, emperatriz de los altares, esposa de tu dulce Nazareno, con tu atavío vaporoso, lleno de piedras, brazaletes y collares.
Celoso de tus júbilos albares, el ataúd te recogió en su seno, y hubo en tu místico perfil un pleno desmayo de crepúsculos lunares.
Al contemplar tu cabellera muerta, avivóse en tu espíritu una incierta huella de amor. Y mientras que los bronces
se alegraban, brotaron tus pupilas lágrimas que ignoraran hasta entonces la senda en flor de tus ojeras lilas.
El suspiro
Quimérico a mi vera concertaba tu busto albar su delgadez de ondina, con mística quietud de ave marina en una acuñación escandinava...
Era mi pena de tu dicha esclava; y en una loca nervazón divina, el tropel de una justa bizantina en nuestro corazón tamborilaba...
Strauss soñó desde el atril del piano con la sabia epilepsia de tu mano... ¡Mendigo del azul que me avasalla
-en el hosco trasluz de aquel retiro- de la noche oriental de tu pantalla bajó en silencio mi primer suspiro!...
Consagración
Surgió tu blanca majestad de raso, toda sueño y fulgor, en la espesura; y era en vez de mi mano -atenta al caso mi alma quien oprimía tu cintura...
De procaces sulfatos, una impura fragancia conspiraba a nuestro paso, en tanto que propicio a tu aventura llenóse de amapolas el ocaso.
Pálida de inquietud y casto asombro, tu frente declinó sobre mi hombro... Uniéndome a tu ser, con suave impulso,
al fin de mi especioso simulacro, de un largo beso te apuré convulso, ¡hasta las heces, como un vino sacro!
El enojo
Todo fue así: Sahumábase de lilas y de heliotropo el viento en tu ventana; la noche sonreía a tus pupilas, como si fuera su mejor hermana...
Mi labio trémulo y tu rostro grana tomaban apariencias intranquilas, fingiendo tú mirar por la persiana, y yo, soñar al son de las esquilas.
¡Vibró el chasquido de un adiós violento!... Cimbraste a modo de una espada al viento; y al punto en que iba a desflorar mi tema,
gallardamente, en ritmo soberano, desenvainada de su guante crema, como una daga, me afrentó tu mano.
La última carta
Con la quietud de un sincope furtivo, desangróse la tarde en la vertiente, cual si la hiriera repentinamente un aneurisma determinativo...
Hurló en el bosque un pájaro cautivo de la fascinación de una serpiente; y una cabra enigmática, en la fuente, describió como un signo negativo.
En su vuelo espectral de alas hurañas, la noche se acordó de tus pestañas... ¡Y en tanto que atiplaban mi vahído
las gracias de un billete perfumado, ofició la veleta del tejado el áspero responso de tu olvido!
Rendición
Evidenciaban en moderna gracia tu fina adolescencia de capullo, el corpiño y la falda con orgullo ceñidos a tu esbelta aristocracia.
Henchíase tu alma de la audacia de la Naturaleza y del murmullo erótico del mar, y era un arrullo el vago encanto de tu idiosincracia...
Lució la tarde, ufana de tu moño, ojeras lilas, en toilette de otoño... Ante el crespo Neptuno de la fuente,
en el cielo y tu faz brotaron rosas mientras, como dos palmas fervorosas, rindiéronse tus manos, dulcemente...
Anima clemens
Palomas lilas entre los alcores, gemían tus nostalgias inspiradas; y en las ciénagas, de astro ensangrentadas, corearon su maitín roncos tenores.
En los castillos y en los miradores, encendía el ocaso cuentos de hadas; y aparecía, al son de agrias tonadas, el gesto oscuro de los leñadores.
Como una buena muerte, sin angustia durmióse el día, violeta mustia... En tan propicia media luz de olvido,
naufragaron tus últimos lamentos, mientras, en los cortijos soñolientos, rebotaba de pronto algún ladrido...
El sauce
A mitad de mi fausto galanteo, su paraguas de sedas cautelosas la noche desplegó, y un lagrimeo de estrellas, hizo hablar todas las cosas...
Erraban las Walkirias vaporosas de la bruma, y en cósmico mareo parecían bajar las nebulosas al cercano redil del pastoreo...
En un abrazo de postrero arranque, caímos en el ángulo del bote... Y luego que llorando ante el estanque
tu invicta castidad se arrepentía, ¡el sauce, como un viejo sacerdote, gravemente inclinado nos unía...
La fuga
Temblábamos al par... En el austero desorden que realzaba tu hermosura, acentuó tu peinado su negrura inquietante de pájaro agorero...
¡Nadie en tus ojos vio el enigma, empero calló hasta el mar en su presencia oscura! Inaccesible y ebria de aventura, entre mis brazos te besó el lucero.
Apenas subrayó el esquife vago su escuálida silueta sobre el lago, te sublimaron trágicos sonrojos...
Sacramentó dos lágrimas postreras mi beso al consagrar sobre tus ojos. ¡Y se durmió la tarde en tus ojeras!...
Expiación
Errando en la heredad yerma y desnuda, donde añoramos horas tan distintas, bajo el ciprés, nos remordió una aguda crisis de cosas para siempre extintas...
Vistió la tarde soñadoras tintas, a modo de romántica viuda; ¡y al grito de un -piano entre las quintas, rompimos a llorar, ebrios de duda!
Llorábamos los íntimos y aciagos muertos, que han sido nuestros sueños vagos... Por fin, a trueque de glacial reproche,
sembramos de ilusión aquel retiro; ¡y graves, con el último suspiro, salimos de la noche, hacia la noche!...
Sepelio
Mirándote en lectura sugerente, llegué al epílogo de mis quimeras; tus ojos de palomas mensajeras volvían de los astros, dulcemente...
Tenía que decirte las postreras palabras, y callé espantosamente; tenía que llorar mis primaveras, y sonreí, feroz... indiferente...
La luna, que también calla su pena, me comprendió como una hermana buena... Ni una inquietud, ni un ademán, ni un modo;
un beso helado... una palabra helada. Un beso, una palabra, eso fue todo: ¡todo pasó sin que pasase nada!...
Amor sádico
Ya no te amaba, sin dejar por eso de amar la sombra de tu amor distante. Ya no te amaba, y sin embargo el beso de la repulsa nos unió un instante...
Agrio placer y bárbaro embeleso crispó mi faz, me demudó el semblante. Ya no te amaba, y me turbé, no obstante, como una virgen en un bosque espeso.
Y ya perdida para siempre, al verte anochecer en el eterno luto, -mudo el amor, el corazón inerte-,
huraño, atroz, inexorable, hirsuto... ¡Jamás viví como en aquella muerte, nunca te amé como en aquel minuto!
Color de sueño
Anoche vino a mí, de terciopelo; sangraba fuego de su herida abierta; era su palidez de pobre muerta y sus náufragos ojos sin consuelo...
Sobre su mustia frente descubierta languidecía un fúnebre asfodelo. Y un perro aullaba, en la amplitud de hielo, al doble cuerno de una luna incierta...
Yacía el índice en su labio, fijo como por gracia de hechicero encanto, y luego que, movido por su llanto,
quién era, al fin, la interrogué, me dijo: -Ya ni siquiera me conoces, hijo: ¡si soy tu alma que ha sufrido tanto!..
LAS CAMPANAS SOLARIEGAS
La muerte del pastor
Balada eglógica
Infelix o semper, oves, pecus... Virgilio
I
Se lo dijo a la fontana el llanto de una aldeana; ya el carrizal no lo duda, que oyó gemir al Poeta. Todo, todo lo trasuda: el sauce y la mejorana... Es bien cierto: ¡Pobre nieta!...
Lo cuenta en su lengua ruda la Soledad rusticana; lo deplora la campana desde la Ermita desnuda, la zampoña que está muda, la flauta y la pandereta, y hasta el cielo que interpreta una gran tristeza humana... ¡Pobre nieta!... ¡Pobre abuelo!...
Hay un gran beso de duelo en la quietud del ambiente, Murió el pastor: ¡quién lo duda! Desde la Ermita hasta el Huerto, la montaña lentamente se está vistiendo de viuda...
¡Es cierto, es cierto! Ya todos saben que ha muerto el mozo de la carreta... Por el camino violeta su corazón va llorando como un cordero inexperto: ¡Armando! ¡Armando!...
El alma de las montañas de sugestiones tranquilas, mira con penas hurañas, aquellas claras pupilas que en el camino violeta lloran con lágrimas lilas. Muda está la pandereta, mudas están las esquilas, ya nadie emboca las cañas desde que Armando está ausente, en tanto que las montañas miran pasar lentamente aquellas vagas pupilas que, tarde a tarde, intranquilas van a llorar a la fuente...
¡Cuánto tarda la carretal ¡Armando! ¡Armando!... Van sus ojos escrutando por el camino violeta...
Por el camino violeta va la pastora llorando, sin rumbo, no tiene mando su voluntad incompleta... -¿Llora acaso por Armando, el mozo de la carreta? ¿Adónde van sus pupilas?
Por el camino violeta va la pastora dejando su alma en lágrimas lilas. ¡Armando! ¡Armando!...
¿Murió su pastor? ¿Es cierto? Ella interroga a la vieja choza y al campo desierto, a la distancia bermeja y hasta al porfiado pedrisco... A la retama, al lentisco, a la vaguedad perpleja del horizonte incierto, al palomar, al aprisco, al buey y al cardal arisco, al asno, a la comadreja, a la congoja del Huerto, al búho rapaz que bizco un mito burlón semeja... Y todo lo grita: ¡ha muerto!...
¡Armando! ¡Armando! Su corazón va llorando como un cordero inexperto...
II
Cruza junto al Adivino, junto al Sabio y al Poeta, no se fija en el pollino del anciano Anacoreta, y atraviesa la meseta, bajo el misterio opalino de aquella tarde secreta... -¿Adónde va? ¿Qué la inquieta? Ya la perdieron de vista las cabañas lugareñas, el pañuelo de batista que de lejos le hizo señas, el sonámbulo molino y hasta el estanque amatista donde termina el camino...
Va sin rumbo, soñadora, por el camino violeta, la pastora...; ¿Por qué llora? ¿Desde cuándo? ¿Adónde va? ¿Qué la inquieta? Hoy se tarda más que nunca la carreta. ¡Armando! ¡Armando!...
El aire es de terciopelo. Por el camino violeta, cual a través de una grieta se ve cómo piensa el cielo. En el umbral el abuelo está esperando a su nieta, tiene en la mano un pañuelo y en los ojos el consuelo de una lágrima secreta... Desde que partió la nieta, llora a menudo el abuelo, y por un ceño de hielo se encuentra ¡ay Dios! obsedido. Él hace, con su pañuelo, señas al Sabio, al Poeta, a la inválida carreta de andar penoso y dolido, a la corneja, al mochuelo y al misterioso cometa que, hace noches, desde el cielo le está diciendo: ¿Y tu nieta? ¡Mal año tienes, abuelo!...
No es esa, no, la carreta que tú esperabas, ni el vuelo de aquellas cornejas grises te traerá de los países tenebrosos a tu nieta... ¡Pobre abuelo!... ¡Pobre nieta!... Ya no verás la carreta por el atajo vecino, ya no oirás la pandereta, ni comerás del tocino que te brindara tu nieta... Ya ni el Sabio ni el Poeta podrán darte algún consuelo, ya no tendrás otro abrigo que la lámpara del cielo, ni tendrás más fiel amigo que el pobre perro mendigo que fue en un tiempo de Armando, y que ha de venir llorando a consolarse contigo. ¡Armando! ¡Armando!...
III
El aire es de terciopelo... Por el sendero vecino llega el eco mortecino de voces graves; el cielo tiene un ensueño opalino... A la vera del camino, el Sabio y el Adivino conversan con el Poeta sobre el Amor y el Destino...
De repente, el Adivino, después de invocar al Cielo, solemnizó: -¡Pobre Armando!... ¡Es un secreto divino!... Dios sabe... -y sobre el pañuelo se inclinó un rato llorando... Dice el Sabio: -¡Qué saeta tuvo el ingrato destino!... -¡Cierto! -reza el Adivino- ¡era virtuoso, era blando!... Dice a su turno al Poeta: -¡Hemos perdido un amigo!... Mientras el perro mendigo se acerca al grupo ladrando, ¡Armando! ¡Armando!
Hoy no viene la carreta... ¡Qué desolación secreta tiene la tarde en el Huerto! ¡Adónde irá la pastora! ¿Se habrá extraviado, que llora como un cordero inexperto?...
IV A la orilla de un camino que frecuentó por su infancia, oye el rumor campesino de una antigua resonancia... Es el pino, el viejo pino, que le murmura temblando: -¿Qué es de la vida de Armando? ¿Cuál ha de ser tu destino? ¡Armando! ¡Armando!
En una de esas mañanas, de esas mañanas muy blancas, que parecen tener francas ingenuidades de hermanas... En una de esas mañanas, al pie de ese mismo pino, se dieron el primer beso y partieron su destino con una sola palabra, ¡mientras partieron el queso, el pan, la leche de cabra, la miel y las avellanas!... En una de esas mañanas...
El perejil y el hinojo, el romero y el tomillo, lamen el ruedo sencillo de su trajecito rojo; y por el vago rastrojo y el carrizal amarillo, llega Lux, el perro cojo que perdió a su pastorcillo. ¡Armando! ¡Armando!...
¿Cómo lo ha perdido y cuándo, de qué suerte? Lux lo ignora, pero aúlla y lo deplora y al presentir la pastora, brizna a brizna rastreando, corre a su encuentro, la implora, pregúntale por Armando, si es que murió, cómo y cuándo, y se arrodilla y lo llora. ¡Armando! ¡Armando!...
-¿Adónde fue el pastorcillo? -¿Adónde irá la pastora? -¿Qué será del perro cojo? El Adivino lo ignora, y también el ruedo rojo, ¡y el perejil y el tomillo!
V
Nunca vendrá la carreta... Ya no se oyen las tranquilas dulzuras del caramillo; y el crepúsculo amarillo cuenta una historia secreta... Muertas están las esquilas, colgada la pandereta...
¡Sólo gime la campana desde la Ermita desnuda, bajo el cielo que concreta una gran tristeza hermana!... Mas, ciertas noches, no hay duda, cuenta la grey rusticana, suele verse una carreta y detrás una serrana tocando la pandereta, por el camino violeta que conduce a la fontana...
-¡Adiós, mañanas tranquilas! ¡Oh, qué destino nefando! -Dizque Hora la silueta, siempre andando, siempre andando.
-¿Qué ven sus glaucas pupilas? ¿Adónde marcha sin mando su voluntad incompleta?...
Por el camino violeta va la pastora dejando su alma en lágrimas lilas, ¡Armando!... ¡Armando!...
LOS ÉXTASIS DE LA MONTAÑA
El despertar
Alisia y Cloris abren de par en par la puerta y torpes, con el dorso de la mano haragana, restréganse los húmedos ojos de lumbre incierta, por donde huyen los últimos sueños de la mañana
La inocencia del día se lava en la fontana, el arado en el surco vagaroso despierta y en torno de la casa rectoral, la sotana del cura se pasea gravemente en la huerta...
Todo suspira y ríe. La placidez remota de la montaña sueña celestiales rutinas. El esquilón repite siempre su misma nota
de grillo de las cándidas églogas matutinas. Y hacia la aurora sesgan agudas golondrinas como flechas perdidas de la noche en derrota.
El regreso
La tierra ofrece el ósculo de un saludo paterno Pasta un mulo la hierba mísera del camino y la montaña luce, al tardo sol de invierno, como una vieja aldeana, su delantal de lino.
Un cielo bondadoso y un céfiro tierno... La zagala descansa de codos bajo el pino, y densos los ganados, con paso paulatino, acuden a la música sacerdotal del cuerno.
Trayendo sobre el hombro leña para la cena, el pastor, cuya ausencia no dura más de un día, camina lentamente rumbo de la alquería.
Al verlo la familia le da la enhorabuena... Mientras el perro, en ímpetus de lealtad amena, describe coleando círculos de alegría.
El almuerzo
Llovió. Trisca a lo lejos un sol convaleciente, haciendo entre las piedras brotar una alimaña y al son de los compactos resuellos del torrente, con áspera sonrisa palpita la campaña...
Rumia en el precipicio una cabra pendiente; una ternera rubia salta entre la maraña, y el cielo campesino contempla ingenuamente la arruga pensativa que tiene la montaña.
Sobre el tronco enastado de un abeto de nieve, ha rato que se aman Damócaris y Hebe; uno con su cayado reanima las pavesas,
otro distrae el ocio con pláticas sencillas... Y de la misma hortera comen higos y fresas, manjares que la Dicha sazona en sus rodillas.
La siesta
No late más un único reloj: el campanario, que cuenta los dichosos hastíos de la aldea, el cual, al sol de enero, agriamente chispea, con su aspecto remoto de viejo refractario...
A la puerta, sentado se duerme el boticario... En la plaza yacente la gallina cloquea y un tronco de ojaranzo arde en la chimenea, junto a la cual el cura medita su breviario.
Todo es paz en la casa. Un cielo sin rigores, bendice las faenas, reparte los sudores... Madres, hermanas, tías, cantan lavando en rueda
las ropas que el domingo sufren los campesinos... Y el asno vagabundo que ha entrado en la vereda huye, soltando coces, de los perros vecinos.
La velada
La cena ha terminado: legumbres, pan moreno y uvas aún lujosas de virginal rocío... Rezaron ya. La Luna nieva un candor sereno y el lago se recoge con lácteo escalofrío.
El anciano ha concluido un episodio ameno y el grupo desanúdase con un placer cabrío... Entre tanto, allá fuera, en un silencio bueno, los campos demacrados encanecen de frío.
Lux canta. Lidé corre. Palemón anda en zancos. Todos ríen... La abuela demándales sosiego. Anfión, el perro, inclina, junto al anciano ciego,
ojos de lazarillo, familiares y francos... Y al son de las castañas que saltan en el fuego palpitan al unísono sus corazones blancos.
El alba
Humean en la vieja cocina hospitalaria los rústicos candiles... Madrugadora leña infunde una sabrosa fragancia lugareña; y el desayuno mima la vocación agraria...
Rebota en los collados la grita rutinaria del boyero que a ratos deja la yunta y sueña... Filis prepara el huso. Tetis, mientras ordeña, ofrece a Dios la leche blanca de su plegaria.
Acongojando el valle con sus beatos nocturnos, salen de los establos, lentos y taciturnos, los ganados. La joven brisa se despereza...
Y como una pastora, en piadoso desvelo, con sus ojos de bruma, de una dulce pereza, el Alba mira en éxtasis las estrellas del cielo.
La vuelta de los campos
La tarde paga en oro divino las faenas... Se ven limpias mujeres vestidas de percales, trenzando sus cabellos con tilos y azucenas o haciendo sus labores de aguja en los umbrales. Zapatos claveteados y báculos y chales... Dos mozas con sus cántaros se deslizan apenas. Huye el vuelo sonámbulo de las horas serenas. Un suspiro de Arcadia peina los matorrales...
Cae un silencio austero... Del charco que se nimba estalla una gangosa balada de marimba. Los lagos se amortiguan con espectrales lampos,
las cumbres, ya quiméricas, corónanse de rosas... Y humean a lo lejos las rutas polvorosas por donde los labriegos regresan de los campos.
La huerta
Por la teja inclinada de las rosas techumbres descienden en silencio las horas... El bochorno sahúma con bucólicas fragancias el contorno ufano como nunca de vistosas legumbres.
Hécuba diligente da en reparar las lumbres... Llegan por el camino cánticos de retorno. Iris, que no ve casi, abandona su torno, y suspira a la tarde, libre de pesadumbres.
Oscurece. Una mística Majestad unge el dedo pensativo en los labios de la noche sin miedo... No llega un solo eco, de lo que al mundo asombra,
a la almohada de rosas en que sueña la huerta... Y en la sana vivienda se adivina la sombra de un orgullo que gruñe como un perro a la puerta.
Claroscuro
En el dintel del cielo llamó por fin la esquila. Tumban las carrasqueñas voces de los arrieros que el eco multiplica por cien riscos y oteros, donde laten bandadas de pañuelos en fila...
El humo de las chozas sube en el aire lila; las vacas maternales ganan por los senderos; y al hombro sus alforjas, leñadores austeros, tornan su gesto opaco a la tarde tranquila...
Cerca del Cementerio -más allá de las granjas-, el crepúsculo ha puesto largos toques naranjas. Almizclan una abuela paz de las Escrituras
los vahos que trascienden a vacunos y cerdos... Y palomas violetas salen como recuerdos de las viejas paredes arrugadas y oscuras.
La iglesia
En un beato silencio el recinto vegeta. Las vírgenes de cera duermen en su decoro de terciopelo lívido y de esmalte incoloro; y San Gabriel se hastía de soplar la trompeta...
Sedienta, abre su boca de mármol la pileta. Una vieja estornuda desde el altar al coro... Y una legión de átomos sube un camino de oro aéreo, que una escala de Jacob interpreta.
Inicia sus labores el ama reverente. Para saber si anda de buenas San Vicente con tímidos arrobos repica la alcancía...
Acá y allá maniobra después con un plumero, mientras, por una puerta que da a la sacristía, irrumpe la gloriosa turba del gallinero.
El cura
Es el cura... Lo han visto las crestas silenciarías, luchando de rodillas con todos los reveses, salvar en pleno invierno los riesgos montañeses o trasponer de noche las rutas solitarias.
De su mano propicia, que hace crecer las mieses, saltan como sortijas gracias involuntarias; y en su asno taumaturgo de indulgencias plenarias, hasta el umbral del cielo lleva a sus feligreses...
El pase del hisopo al zueco y la guadaña; él ordeña la pródiga ubre de su montaña para encender con oros el pobre altar de pino;
de sus sermones fluyen suspiros de albahaca; el único pecado que tiene es un sobrino... Y su piedad humilde lame como una vaca.
La llavera
Viste el hábito rancio y habla ronco en voz densa; sigue un perro la angustia de su sombra benigna; mascullando sus votos, reverente, consigna un espectro achacoso de rutina suspensa...
Al repique doméstico de sus llaves, se piensa en las brujas de Rembrandt... sin embargo, es tan digna que Luzbel la chamusca, por lo cual se persigna y con aguas benditas neutraliza su ofensa...
Ella sabe la historia de los Santos Patrones, de Syllabus, de ritos y de Kirieleysones... Ella sufre nostalgias sordas del Santo Oficio.
En la gloria del Padre será libre de expurgo. Y se tiene por cierto que en la Noche del Juicio dará fe de los buenos moradores del burgo...
El consejo
El astrónomo, el vate y el mentor se han reunido... La montaña recoge la polémica agreste; y en el aire sonoro de campana celeste, las tres voces retumban como un solo latido.
Conjeturan fiebrosos del principio escondido... Luego el mago predice la miseria y la peste; el poeta improvisa, mientras, vuelto al Oeste, el astrónomo anuncia que en Hispania ha llovido.
Ebrios de la divina majestad del tramonto, los discursos se agravan.,. Es ya noche. De pronto, arde en fuga una estrella... interrogan sus rastros
cual mil ojos abiertos al Enigma Infinito: se hace triple el silencio del consejo erudito... Dedos entre la sombra se alzan hacia los astros.
La noche
La noche en la montaña mira con ojos viudos de cierva sin amparo que vela ante su cría; y como si asumieran un don de profecía, en un sueño inspirado hablan los campos rudos.
Rayan el panorama, como espectros agudos, tres álamos en éxtasis... Un gallo desvaría, reloj de medianoche. La grave luna amplía las cosas, que se llenan de encantamientos mudos.
El lago azul de sueño, que ni una sombra empaña, es como la conciencia pura de la montaña... A ras del agua tersa, que riza con su aliento,
Albino, el pastor loco, quiere besar la luna. En la huerta sonámbula vibra un canto de cuna... Aúllan a los diablos los perros del convento.
El ángelus
Salpica, se abre, humea, como la carne herida, bajo el fecundo tajo, la palpitante gleba; al ritmo de la yunta tiembla la corva esteva, y el vientre del terruño se despedaza en vida.
Ímproba y larga ha sido como nunca la prueba... La mujer, que afanosa preparó la comida, en procura del amo viene como abstraída, dando al pequeño el tibio, dulce licor que nieva.
De pronto, a la campana, todo el valle responde: la madre de rodillas su casto seno esconde; detiénese el labriego y se descubre, y arde
su mirada en la súplica de piadosos consejos... Tórnanse al campanario los bueyes. A lo lejos el estruendo del río emociona la tarde.
Las horas graves
Sahúmase el villaje de olores a guisados; el párroco en su mula pasa entre reverencias; laten en todas partes monótonas urgencias, al par que una gran calma inunda los sembrados.
Niñas en las veredas cantan... En los porfiados cascotes de la vía gritan las diligencias, mientras en los contornos zumba hacia las querencias, el cuerno de los viejos pastores rezagados.
Lilas, violadas, lóbregas, mudables como ojeras, las rutas, poco a poco, aparecen distintas; cuaja un silencio oscuro, allá por las praderas
donde cantando el día se adormeció en sus tintas... Y adioses familiares de gritas lastimeras se cambian al cerrarse las puertas de las quintas.
La flauta
Tirita entre algodones húmedos la arboleda... La cumbre está en un blanco éxtasis idealista; y en brutos sobresaltos, como ante una imprevista emboscada, el torrente relinchando rueda.
Todo es grave... En las cañas sopla el viento flautista. Mas súbito, rompiendo la invernal humareda, el sol, tras de los montes, abre un telón de seda, y ríe la mañana de mirada amatista.
Cien iluminaciones, en fluidos estambres, perlan de rama en rama, lloran de los alambres... Descuidando el rebaño, junto al cauce parlero,
Upilio se confía dulcemente a su flauta, sin saber que de amores, tras un álamo, incauta, contemplándole Filida muere como un cordero.
Los perros
El olivo y el pozo... Dormida una aldeana en el brocal... A un lado la senda viajadora, y un hombre paso a paso: todo lo que a la hora suspira una evangélica gracia samaritana...
El sol es, miel, la brisa pluma y el cielo pana... Y el monte, que una eterna candidez atesora, ríe como un abuelo a la joven mañana, con los mil pliegues rústicos de su cara pastora.
Pan y frutas: ingenuos desayunos frugales. Mientras que los pastores huelgan de sus pradiales fatigas o se lavan en los remansos tersos,
maniobran hacia el valle de tímpanos agudos los celosos instintos de los perros lanudos, de voz ancha, que integran los ganados dispersos.
Idilio
La sombra de una nube sobre el césped recula... Aclara entre montañas rosas la carretera por donde un coche antiguo, de tintinante mula, llena de ritornelos la tarde placentera.
Hundidos en la hierba gorda de la ribera, los vacunos solemnes satisfacen su gula; y en lácteas vibraciones de ópalo, gesticula allá, bajo una encina, la mancha de una hoguera.
Edipo y Diana, jóvenes libres de la campiña, hacen testigo al fuego de sus amores sabios; con gestos y pellizcos recélanse de agravios;
mientras él finge un largo mordisco, ella le guiña: y así las horas pasan en su inocente riña, como una suave pluma por unos bellos labios.
Ebriedad
Apurando la cena de aceitunas y nueces, Luth y Cloe se cambian una tersa caricia; beben luego en el hoyo de la mano, tres veces, el agua azul que el cielo dio a la estación propicia.
Del corpiño indiscreto, con ingenua malicia, ella deja que alumbren púberas redondeces. Y mientras Luth en éxtasis gusta sus embriagueces, Cloe los bucles pálidos del amante acaricia.
Anochece. Una bruma violeta hace vagos el aprisco y la torre, la montaña y los lagos... Sofocados de dicha, de fragancias y trinos,
ella calla y apenas él suspírala: ¡Oh Cloe! ¡Mas de pronto se abrazan al sentir que un oboe interpreta fielmente sus silencios divinos!
Las madres
Verde luz y heliotropo en los amplios confines... El cielo, paso a paso, deviénese incoloro; en la fuente decrépita iza un iris canoro la escultura musgosa de los cuatro delfines.
Suena, de roca en roca, sus cándidos trintrines la vagabunda esquila del rebaño, y en coro, ante Dios que retumba en la tarde, urna de oro, los charcos panteístas entonan sus maitines.
Y a grave paso acuden, por los senderos todos, gentes que rememoran los antiguos éxodos: mujeres matronales de perfiles oscuros,
cuyas carnes a trébol y a tomillo trascienden, ostentando el pletórico seno de donde penden sonrosados infantes, como frutos maduros.
Los carros
Mucho antes que el agrio gallinero, acostumbra a cantar el oficio de la negra herrería, husmea el boticario, abre la barbería... En la plaza hay tan sólo un farol (que no alumbra).
A través de la sórdida nieve que apesadumbra, los bueyes del cortijo aran la cercanía, y en gesto de implacable mala estación, el guía salpica de improperios rurales la penumbra.
Mientras, duerme la villa señorial... Los amores de la fuente se lavan en su mármol antiguo; y bajo el candoroso astro de los pastores,
ungiendo de añoranzas el sendero contiguo, pasan silbidos lentos y aires de tiempo ambiguo, en tintinambulantes carros madrugadores.
La dicha
Todas -blancas ovejas fieles a su pastora- recogidas en torno del modesto santuario, agrúpanse las pobres casas del vecindario, en medio de una dulce paz embelesadora.
La buena grey asiste a la misa de aurora... Entran gentes oscuras, en la mano el rosario; bendiciendo a los niños, pasa el pulcro vicario y detrás la llavera, siempre murmuradora...
Se come el santuario musgoso la borrica del doctor, que indignado un sochantre aporrea. Transparente, en la calle principal, la botica
sugestiona a las moscas la última panacea. Y a «ras» de su cuchillo cirujano, platica el barbero intrigante: folletín de la aldea.
Buen día
«Do re mi fa» de un piano de vidrio en el follaje... Regálase la brisa de un sacro olor a hinojos; y protegiendo el dulce descanso del villaje vela el paterno cielo con un billón de ojos...
Lumbres en la montaña vuelcan sobre el paisaje claroscuros cromáticos y vagos infra-rojos; pulula en monosílabos crescendos un salvaje rumor de insectos; ladran perros en los rastrojos.
De súbito, el sereno, en trasnochado canto, pregona: «¡Son las cinco!» Tal como por encanto, de gárrulas comadres y vírgenes curiosas
reviven los umbrales; y noche todavía, cruzan de boca en boca los ingenuos «buen día» como hilos de alegre rocío entre las rosas.
El secreto
Se adoran. Timo atiende solícita al gobierno de su casuca blanca. Bion, a sus pocas reses. Y bajo la tutela de días sin reveses, Amor retoza y medra como un cabrito tierno.
Con casta dicha, Timo, en el claustro materno, siente latir un nuevo corazón de tres meses... Y sueña, en sus oscuros arrobos montañeses, que la penetra un rayo del Dinamismo Eterno.
Ante el amante, presa de ardores purpurinos, se turba y el secreto tiembla en sus labios rojos: huye, torna, sonríe, se oculta entre los pinos...
Bion calla, pero apenas descifra sus sonrojos la estrecha, y en un beso pone el alma en sus ojos donde laten los últimos ópalos vespertinos.
El domingo
Te anuncia un ecuménico amasijo de hogaza, que el instinto del gato incuba antes que el horno. La grey que se empavesa de sacrílego adorno te sustancia en un módico pavo real de zaraza...
Un rezongo de abejas beatifica y solaza tu sopor, que no turban ni la rueca ni el torno... Tú irritas a los sapos líricos del contorno; y plebeyo te insulta doble sol en la plaza...
¡Oh domingo! La infancia de espíritu te sueña, y el pobre mendicante que es el que más te ordeña... Tu genio bueno a todos cura de los ayunos,
la Misa te prestigia con insignes vocablos, ¡ y te bendice el beato rumiar de los vacunos que sueñan en el tímido Bethlem de los establos!...
Panteo
Sobre el césped mullido que prodiga su alfombra, Job, el Mago de acento bronco y de ciencia grave, vincula a las eternas maravillas su clave, interroga a los astros y en voz alta les nombra...
Él discurre sus signos... Él exulta y se asombra al sentir en la frente como el beso de un ave, pues los astros le inspiran con su aliento suave, y en perplejas quietudes se hipnotiza de sombra.
Todo lo insufla. Todo lo desvanece: el hondo silencio azul, el bosque, la Inmensidad sin fondo... Transubstanciado él siente como que no es el mismo,
y se abraza a la tierra con arrobo profundo... Cuando un grito, de pronto, estremece el abismo: ¡y es que Job ha escuchado el latido del mundo!
La misa cándida
Jardín de rosa angélico, la tierra guipuzcoanal Edén que un Fra Doménico soñara en acuarelas... Los hombres tienen rostros vírgenes de manzana, y son las frescas mozas óleos de antiguas telas.
Fingen en la apretura de la calleja aldeana, secretearse las casas con chismosas cautelas, y estimula el buen ocio un trin-trin de campana, un pum-pum de timbales y un fron-fron de vihuelas.
¡Oh campo siempre niño! ¡Oh patria de alma proba! Como una virgen, mística de tramonto, se arroba... Aves, mar, bosques: todo ruge, solloza y trina
las Bienaventuranzas sin código y sin reyes... Y en medio a ese sonámbulo coro de Palestrina, oficia la apostólica dignidad de los bueyes!
La zampoña
Lux no alisa el corpiño, ni presume en la moña; duda y calla cruelmente, y en adustos hastíos sus encantos se apagan con dolientes rocíos, y su alma en precoces desalientos, otoña.
Job también hace tiempo receloso emponzoña sus ariscos afectos con presuntos desvíos. Y a la luna y durante los ocasos tardíos, da en contar sus dolencias a la buena zampoña.
En casa, las amigas de Lux le hacen el santo, la obsequian y la adulan... Bulle la danza, en tanto Lux ríe. Su hermosura esa noche destella...
¡Mas de pronto se vuelve con nervioso desvelo, la cabeza inclinada y los ojos al cielo, pues ha oído que llora la zampona por ella!
La escuela
Bajo su banderola pertinente, la escuela bate con aleluyas de gorrión lugareño; y chatos de modorra, endosados a un leño, unos tristes jamelgos dicen de la clientela...
Desde el pupitre, rígido el preceptor recela por el decoro unánime... mas, estéril empeño, amasando el «morrongo» cabecea su sueño, lo que escurre conatos sordos de francachela.
Entona su didáctica de espesas digestiones, a cada rato un riego enorme de oraciones... Aunque, a decir lo justo, su ciencia es harto exigua;
la palmeta y la barba le hacen expeditivo... Y entre la grey atónita, dómine equitativo, rebaña su mirada llena de luz antigua.
Galantería ingenua
A través de la bruma invernal y del limo, tras el hato, Fonoe cabra la senda terca; mas de pronto, un latido dícele que él se acerca... Y, en efecto, oye el silbo de Melampo su primo.
A la llama, el coloquio busca sabroso arrimo; luego inundan sus fiebres en la miel de la alberca; hasta que la incitante fruta de ajena cerca les brinda la luz verde dulce de su racimo.
Después ríen... ¡de nada! ¿para qué tendrán boca? Y por fin -Dios lo quiso- él, de espaldas la choca y la estriega y la burla, ya que Amor bien maltrata...
Y ella en púdicas grimas, con dignidades tiernas de doncellez, se frunce el percal que recata la primicia insinuante de sus prósperas piernas...
El guardabosque
La mesnada que aúlle o la sierpe se enrosque, vela impávido, y sólo que un mal sueño lo exija, suspicaz corno un gato, duérmese el guardabosque con su brazo de almohada y el buen sol por cobija...
Él se mira en su selva como un padre en su hija. Y aunque cruja la nieve y aunque el cielo se enfosque la primera instantánea del oriente lo fija como a un genio hierático, Sacerdote del bosque.
Los domingos visita la cocina del noble, y al entrar, en la puerta deja el palo de roble. De jamón y pan duro y de lástimas toscas,
cuelga al hombro un surtido y echa a andar taciturno; del cual comen, durante la semana, por turno él, los gatos y el perro, la consorte y las moscas...
El baño
Entre sauces que velan una anciana casuca, donde se desvistieran devorando la risa, hacia el lago, Foloe, Safo y Ceres, de prisa se adelantan en medio de la tarde caduca.
Atreve un pie Foloe, bautizase la nuca, y ante el espejo de ámbar arróbase indecisa; meneando el talle, Safo respinga su camisa y corre, mientras Ceres gatea y se acurruca...
Después de agrias posturas y esperezos felinos, gimiendo un ¡ay! glorioso se abrazan a las ondas, que críspanse con lúbricos espasmos masculinos...
Mientras, ante el misterio de sus gracias redondas, Loth, Febo y David, púdicos tanto como ladinos, las contemplan y pálidos huyen entre las frondas.
El labrador
Cual si pluguiese al Diablo -vaya un decir- engorda el granero vecino con la triple cosecha... Y aunque él jura y zuequea, esta arcilla maltrecha sigue siendo madrastra o que realmente es sorda...
Mas con todo: ¡«Aires rubios!» -tesonero barbecha-, y bien que el medro esquivo no es una vaca gorda, a Dios gracias la era patrimonial desborda... cuanto para ir capeando la estación contrahecha.
Y mientras el probable rendimiento calcula, con un pan de la víspera entretiene su gula... Sabe un gusto a consorte en la masa harto linda,
por lo cual en domésticas bendiciones se arroba... Y con ojos de humilde Lázaro, el terranova atisba las migajas que a intervalos le brinda.
La granja
Monjas blancas y lilas de su largo convento, las palomas ofician vísperas en concilio, y ante el Sol que, custodia regia, bruñe el idilio, arrullan el milagro vivo del Sacramento...
Una vil pesadumbre, solemne en su aspaviento suntuoso, ubica el pavo: Gran Sultán en exilio. El disco de los cisnes sueña Renacimiento, mármoles y serenos éxtasis de Virgilio.
Con pulida elegancia de Tenorio en desplante, un Aramís erótico, fanfarrón y galante, el gallo erige... ¡Oh, huerto de la dicha sin fiebre!
No faltan más que el agua bendita y el hisopo, para mugir las cándidas consejas del pesebre y cacarear en ronda las fábulas de Esopo.
Otoño
La druídica pompa de la selva se cubre de una gótica herrumbre de silencio y estragos; y Cibeles esquiva su balsámica ubre, con un hilo de lágrimas en los párpados vagos...
Sus cabellos de místico azafrán llora Octubre en los lívidos ojos de muaré de los lagos. Las cigüeñas exodan. Y los búhos aciagos ululúan la mofa de un presagio insalubre...
Tras de la cabalgata de metal, las traíllas ladran a las casacas rojas y a las hebillas... El cuerno muge. Todo ríe de austera corte.
El abuelo Silencio trémulo se solaza... Y zumba la leyenda ecuestre de la caza en medio de un hierático crepúsculo del Norte.
El monasterio
A una menesterosa disciplina sujeto, él no es nadie, él no luce, él no vive, él no medra. Descalzo en dura arcilla, con el sayal escueto, la cintura humillada por borlones de hiedra...
Abatido en sus muros de rigor y respeto, ni el alud, ni la peste, sólo el Diablo le arredra; y como un perro huraño, él muerde su secreto debajo su capucha centenaria de piedra.
Entre sus claustros húmedos, se inmola día y noche por ese mundo ingrato que le asesta un reproche... Inmóvil ermitaño sin gesto y sin palabras,
en su cabeza anidan cuervos y golondrinas; le arrancan el cabello de musgo algunas cabras y misericordiosas le cubren las glicinas.
La cátedra
De pie, entre sus discípulos y las torvas montañas, el Astrónomo enuncia todo un óleo erudito. Él explica el pentagrama del Arcano Infinito, el amor de los mundos y las fuerzas extrañas...
Con preguntas que inspiran las nocturnas campañas, lo sumerge en hipótesis el pastor favorito. El misterio, y de nuevo, en un gesto inaudito, lo Absoluto discurre por sus barbas hurañas.
De pronto, suda y tiembla, pálido ante el Enigma... El eco que traduce una burla de estigma, le sugiere la estéril vanidad de su ciencia.
Su voz, como una piedra, tumba en la inmensa hora.. Arrodíllase, y sobre su contrita insolencia guiña la eterna y muda comba interrogadora.
Éxtasis
Bion y Lucina, émulos en fervoroso alarde, permútanse fragantes uvas, de boca a boca; y cuando Bion ladino la ebria fruta emboca finge para que el juego lánguido se retarde...
Luego, ante el oportuno carrillón de la tarde, que en sus almas perdidas inocencias evoca, como una corza tímida tiembla el amor cobarde, y una paz de los cielos el instinto sofoca...
Después de un tiempo inerte de silencioso arrimo, en que los dos ensayan la insinuación de un mimo, ella lo invade todo con un suspiro blando;
¡y él, que como una esencia gusta el sabroso fuego, raya un beso delgado sobre su nuca, y ciego en divinos transportes la disfruta soñando!
Iluminación campesina
Alternando a capricho el candor de sus prosas, Ruth sugiere a la cítara tan augustos momentos! y Fanor en su oboe de aterciopelamientos plañe bajo el ocaso de oro y de mariposas...
Ante el genio enigmático de la hora, sedientos de imposible y quimera, en el aire de rosas, ponen largo silencio sobre los instrumentos, para soñar la eterna música de las cosas.
Largas horas, en trance de eucarísticos miedos, amortiguan los ojos y se enlazan los dedos... «¡Dulce amigo!» ella gime. Y Fanor: «¡Oh mi amada!»
Y la noche inminente lame sus mansedumbres... De pronto, como bajo la varilla de un hado, fuegos, por todas partes, brotan sobre las cumbres.
SELECCIÓN
AMOR SÁDICO
Ya no te amaba, sin dejar por eso de amar la sombra de tu amor distante. Ya no te amaba, y sin embargo, el beso de la repulsión nos unió un instante...
Agrio placer y bárbaro embeleso crispó mi faz, me demudó el semblante, ya no te amaba, y me turbé, no obstante, como una virgen en un bosque espeso.
Y ya perdida para siempre, al verte anochecer en el eterno luto, mudo el amor, el corazón inerte,
huraño, atroz, inexorable, hirsuto, jamás viví como en aquella muerte, nunca te amé como en aquel minuto!
CONSAGRACIÓN
Surgió tu blanca majestad de raso, toda sueño y fulgor, en la espesura; y era en vez de mi mano -atenta al caso- mi alma quien oprimía tu cintura...
De procaces sulfatos, una impura fragancia conspiraba a nuestro paso, en tanto que propicio a tu aventura llenóse de amapolas el ocaso.
Pálida de inquietud y casto asombro, tu frente declinó sobre mi hombro... Uniéndome a tu ser, con suave impulso,
al fin de mi especioso simulacro, de un largo beso te apuré convulso ¡hasta las heces, como un vino sacro!
DECORACION HERÁLDICA
Señora de mis pobres homenajes. Débote siempre amar aunque me ultrajes. Góngora
Soñé que te encontrabas junto al muro glacial donde termina la existencia, paseando tu magnífica opulencia de doloroso terciopelo oscuro.
Tu7 pie, decoro del marfil más puro, hería, con satánica inclemencia, las pobres almas, llenas de paciencia, que aún se brindaban a tu amor perjuro.
Mi dulce amor que sigue sin sosiego, igual que un triste corderito ciego, la huella perfumada de tu sombra,
buscó el suplicio de tu regio yugo, y bajo el raso de tu pie verdugo puse mi esclavo corazón de alfombra.
DESOLACIÓN ABSURDA
A Paul Minelly, francesamente.
Je serai ton cercueil, aimable pestilence!...
Noche de tenues suspiros platónicamente ilesos: vuelan bandadas de besos y parejas de suspiros; ebrios de amor los cefiros hinchan su leve plumón, y los sauces en montón obseden los camalotes como torvos hugonotes de una muda emigración.
Es la divina hora azul en que cruza el meteoro, como metáfora de oro por un gran cerebro azul. Una encantada Estambul surge de tu guardapelo, y llevan su desconsuelo hacia vagos ostracismos floridos sonambulismos y adioses de terciopelo.
En este instante de esplín, mi cerebro es como un piano donde un aire wagneriano toca el loco del esplín. En el lírico festín de la ontológica altura, muestra la luna su dura calavera torva y seca, y hace una rígida mueca con su mandíbula oscura.
El mar, como gran anciano, lleno de arrugas y canas, junto a las playas lejanas tiene rezongos de anciano. Hay en acecho una mano dentro del tembladeral; y la supersustancial vía láctéa se me finge la osamenta de una Esfinge dispersada en un erial.
Cantando la tartamuda frase de oro de una flauta, recorre el eco su pauta de música tartamuda. El entrecejo de Buda hinca el barranco sombrío, abre un bostezo de hastío la perezosa campaña, y el molino es una araña que se agita en el vacío.
¡Deja que incline mi frente en tu frente subjetiva, en la enferma, sensitiva media luna de tu frente, que en la copa decadente de tu pupila profunda, beba el alma vagabunda que me da ciencias astrales en las horas espectrales de mi vida moribunda!
¡Deja que rime unos sueños en tu rostro de gardenia, Hada de la neurastenia, trágica luz de mis sueños! Mercadera de beleños llévame al mundo que encanta; ¡soy el genio de Atalanta que en sus delirios evoca el ecuador de tu boca y el polo de tu garganta!
Con el alma hecha pedazos, tengo un Calvario en el mundo; amo y soy un moribundo, tengo el alma hecha pedazos: ¡cruz me deparan tus brazos; hiel tus lágrimas salinas; tus diestras uñas, espinas y dos clavos luminosos los aleonados y briosos ojos con que me fascinas!
¡Oh mariposa nocturna de mi lámpara suicida, alma caduca y torcida, evanescencia nocturna; linfática taciturna de mi Nirvana opioso, en tu mirar sigiloso me espeluzna tu erotismo, que es la pasión del abismo por el Angel Tenebroso!
(Es medianoche). Las ranas torturan en su acordeón un «piano» de Mendelssohn que es un gemido de ranas; habla de cosas lejanas, un clamoreo sutil; y con aire acrobatil bajo la inquieta laguna, hace piruetas la luna sobre una red de marfil.
Juega el viento perfumado con los pétalos que arranca, una partida muy blanca de un ajedrez perfumado; pliega el arroyo en el prado su abanico de cristal, y genialmente anormal finge el monte a la distancia una gran protuberancia del cerebro universal.
¡Vengo a ti, serpiente de ojos que hunden crímenes amenos, la de los siete venenos en el iris de sus ojos; beberán tus llantos rojos mis estertores acerbos, mientras los fúnebres cuervos, reyes de las sepulturas, velan como almas oscuras de atormentados protervos!
¡Tú eres póstuma y marchita, misteriosa flor erótica, miliunanochesca, hipnótica, flor de Estigia acre y marchita; tú eres absurda y maldita, desterrada del Placer, la paradoja del ser en el borrón de la Nada, una hurí desesperada del harem de Baudelaire!
¡Ven, declina tu cabeza de honda noche delincuente sobre mi tétrica frente, sobre mi aciaga cabeza; deje su indócil rareza tu numen desolador, que en el drama inmolador de nuestros mudos abrazos yo te abriré con mis brazos un paréntesis de amor!
EL ABRAZO PITAGÓRICO
Bajo la madreselva que en la reja filtró su encaje de verdor maduro, me perturbaba en el claroscuro de la ilusión, en la glorieta añeja...
Cristalizaba un pájaro su queja... Y entre el húmedo incienso de sulfuro la luna de ámbar destacó al bromuro el caserío de rosada teja...
¡Oh, Sumo Genio de las cosas! Todo tenía un canto, una sonrisa, un modo... Un rapto azul de amor, o Dios, quién sabe,
nos sumó a modo de una doble ola, y en forma de «uno», en una sombra sola, los dos crecimos en la noche grave...
EL ALBA
Humean en la vieja cocina hospitalaria los rústicos candiles... Madrugadora leña infunden una sabrosa fragancia lugareña; y el desayuno mima la vocación agraria...
Rebota en los collados la grita rutinaria del boyero que a ratos deja la yunta y sueña... Filis prepara el huso. Tetis, mientras ordeña, ofrece a Dios la leche blanca de su plegaria.
Acongojando el valle con sus beatos nocturnos, salen de los establos, lentos y taciturnos, los ganados. La joven brisa se despereza...
Y como una pastora en piadoso desvelo, con sus ojos de bruma, de la dulce pereza, el Alla mira en éxtasis las estrellas del cielo.
EL AMA
Erudita en lejías, doctora en la compota, y loro en los esdrújulos latines de la misa, tal ágil viste un santo, que zurce una camisa, en medio de una impávida circunspección devota...
Por cuanto el señor cura es más que un hombre, flota en el naufragio unánime su continencia lisa... y un tanto regañona, es a la vez sumisa, con los cincuenta inviernos largos de su derrota.
Hada del gallinero. Genio de la despensa. Ella en el paraíso fía la recompensa... Cuando alegran sus vinos, el vicario la engríe
ajustándole en chanza las pomposas casullas... y en sus manos canónicas, golondrinas y grullas comulgan los recortes de las hostias que fríe.
EL BAÑO
Entre sauces que velan una anciana casuca, donde se desvistieron devorando la risa, hacia el lago, Foloe, Safo y Cores, deprisa se adelantan en medio de la tarde caduca.
Atreve un pie Foloe, bautízase la nuca y ante el espejo de ámbar arróbase indecisa; meneando el talle, Safo respinga su camisa y corre, mientras Ceres gatea y se acurruca...
Después de agrias posturas y esperezos felinos, gimiendo un ¡ay! glorioso se abrazan a las ondas, que críspanse con lúbricos espasmos masculinos...
Mientras, ante el misterio de sus gracias redondas, Loth, Febo y David, púdicos tanto como ladinos, las contemplan y pálidos huyen entre las frondas.
EL DESPERTAR
Alisia y Cloris abren de par en par la puerta y torpes, con el dorso de la mano haragana, restréganse los húmedos ojos de lumbre incierta, por donde huyen los últimos sueños de la mañana. ..
La inocencia del día se lava en la fontana, el arado en el surco vagaroso despierta, y en torno de la casa rectoral, la sotana del cura se pasea gravemente en la huerta...
Todo suspira y ríe. La placidez remota de la montaña sueña celestiales rutinas. El esquilón repite siempre su misma nota
de grillo de las cándidas églogas matutinas. Y hacia la aurora sesgan agudas golondrinas como flechas perdidas de la noche en la derrota.
EPITALAMIO ANCESTRAL
Con la pompa de brahmánicas unciones, abrióse el lecho de sus primaveras, ante un lúbrico rito de panteras, y una erección de símbolos varones...
Al trágico fulgor de los hachones, ondeó la danza de las bayaderas por entre una apoteosis de banderas y de un siniestro trueno de leones.
Ardió al epitalamio de tu paso, un himno de trompetas fulgurantes... Sobre mi corazón, los hierofantes
ungieron tu sandalia, urna de raso, a tiempo que cien blancos elefantes, enroscaron su trompa hacia el ocaso.
ÉXTASIS
Bion y Lucina, émulos en fervoroso alarde, permútanse fragantes uvas, de boca a boca; y cuando Bion ladino la ebria fruta emboca finge para que el juego lánguido se retarde...
Luego ante el oportuno carillón de la tarde, que en sus almas, perdidas inocencias evoca, como una corza tímida tiembla el amor cobarde, y una paz de los cielos el instinto sofoca...
Después de un tiempo inerte de silencioso arrimo, en que los dos ensayan la insinuación de un mimo, ella lo invade todo con un suspiro blando;
¡Y él, que como una esencia gusta el sabroso fuego, raya un beso delgado sobre su nuca, y ciego en divinos transportes la disfruta soñando!
FECUNDIDAD
«¡Adán, Adán, un beso!», dijo, y era que en una dolorosa sacudida, el absurdo nervioso de la vida le hizo temblar el dorso y la cadera...
El iris floreció como una ojera exótica. Y el «¡ay!» de una caída fue el más dulce dolor. Y fue una herida. La más roja y eterna primavera...
«¡Adán, Adán, procúrame un veneno!», dijo, y en una crispación flagrante la eternidad atravesóle el seno...
Entonces comenzó a latir el mundo. Y el sol colgaba del cenit, triunfante como un ígneo testículo fecundo.
FIAT LUX
Sobre el rojo diván de seda intacta, con dibujos de exótica graminea, jadeaba entre mis brazos tu virgínea y exangüe humanidad de curva abstracta...
Miró el felino con sinuosa línea de opalo; y en la noche estupefacta, desde el jardín, la Venus curvilínea manifestaba su esbeltez compacta.
Ante el alba, que izó nimbos grosellas, ajáronse las últimas estrellas... El Cristo de tu lecho estaba mudo.
Y como un huevo, entre el plumón de armiño que un cisne fecundara, tu desnudo seno brotó del virginal corpiño...
GÉNESIS
Los astros tienen las mejillas tiernas... La Luna trunca es una paradoja espectro humana. Proserpina arroja su sangre al mar. Las horas son eternas.
Júpiter en la orgía desenoja su ceño absurdo; y junto a las cisternas, las Ménades, al sol que las sonroja, arman la columnata de sus piernas.
Juno duerme cien noches. ..Vorazmente, Hércules niño, con precoz desvelo, en un lúbrico rapto de serpiente,
le muerde el seno. Brama el Helesponto... Surge un lampo de leche. Y en el cielo la Vía Láctea escintiló de pronto.
IDEALIDAD EXÓTICA
Tal la exangüe cabeza, trunca y viva, de un mandarín decapitado, en una macábrica ficción, rodó la luna sobre el absurdo de la perspectiva...
Bajo del velo, tu mirada bruna te dio el prestigio de una hunrí cautiva; y el cocodrilo, a flor de la moruna fuente, cantó su soledad esquiva.
Susceptible quién sabe a qué difuntas dichas, plegada y con las manos juntas, te idealizaste en gesto sibilino,,,
Y a modo de espectrales obsesiones, la torva cornamenta de un molino amenazaba las constelaciones...
IDILIO ESPECTRAL
Pasó en un mundo saturnal; yacía bajo cien noches pavorosas, y era mi féretro el Olvido... Ya la cera de tus ojos sin lágrimas no ardía.
Se adelantó el enterrador con fría desolación. Bramaba en la ribera de la morosa eternidad, la austera Muerte hacia la infeliz Melancolía.
Sentí en los labios el dolor de un beso. No pude hablar. En mi ataúd de yeso se deslizó tu forma transparente...
Y en la sorda ebriedad de nuestros mimos, anocheció la tapa y nos dormimos espiritualizadísimamente.
JULIO
¡Frío, frío, frío! Pieles, nostalgias y dolores mudos.
Flota sobre el esplín de la campaña una jaqueca sudorosa y fría, y las ramas celebran en la umbría una función de ventriloquia extraña.
La Neurastenia gris de la montaña piensa, por singular telepatía, con la adusta y claustral monomanía del convento senil de la Bretaña.
Resolviendo una suma de ilusiones, como un Jordán de cándidos vellones, la majada eucarística se integra;
y a lo lejos el cuervo pensativo sueña acaso en un Cosmos abstractivo como una luna pavorosa y negra.
LA IGLESIA
En un beato silencio el recinto vegeta. Las vírgenes de cera duermen en su decoro de terciopelo lívido y de esmalte incoloro; y San Gabriel se hastía de soplar la trompeta...
Sedienta, abre su boca de mármol la pileta. Una vieja estornuda desde el altar al coro... Y una legión de átomos sube un camino de oro aéreo, que una escala de Jacob interpreta.
Inicia sus labores el alma reverente. Para saber si anda de Buenas San Vicente con tímidos arrobos repica la alcacía...
Acá y allá maniobra después con su plumero, mientras, por una puerta que da a la cacristía, irrumpe la gloriosa turba del gallinero.
LA NOCHE
La noche en la montaña mira con ojos viudos de cierva sin amparo que vela ante su cría; y como si asumiera un don de profecía, en un sueño inspirado hablan los campos rudos.
Rayan el panorama, como espectros agudos, tres álamos en éxtasis... Un gallo desvaría, reloj de media noche. La grave luna amplía las cosas, que se llenan de encantamientos mudos.
El lago azul de sueño, que ni una sombra empaña, es como la conciencia pura de la montaña... A ras del agua tersa, que riza con su aliento,
Albino, el pastor loco, quiere besar la luna. En la huerta sonámbula vibra un canto de cuna. .. Aúllan a los diablos los perros del convento.
LA SOMBRA DOLOROSA
Gemían los rebaños. Los caminos llenábanse de lúgubres cortejos; una congoja de holocaustos viejos ahogaba los silencios campesinos.
Bajo el misterio de los velos finos, evocabas los símbolos perplejos, hierática, perdiéndote a lo lejos con tus húmedos ojos mortecinos.
Mientras unidos por un mal hermano me hablaban con suprema confidencia los mudos apretones de tu mano,
manchó la soñadora transparencia de la tarde infinita el tren lejano, aullando de dolor hacia la ausencia.
LA VUELTA DE LOS CAMPOS
La tarde paga en oro divino las faenas... Se ven limpias mujeres vestidas de percales, trenzando su cabellos con tilos y azucenas o haciendo sus labores de aguja en los umbrales.
Zapatos claveteados y báculos y chales... Dos mozas con sus cántaros se deslizan apenas. Huye el vuelo sonámbulo de las horas serenas. Un suspiro de Arcadia peina los matorrales...
Cae un silencio austero... Del charco que se nuimba estalla una gangosa balada de marimba. Los lagos se amortiguan con espectrales lampos,
Las cumbres, ya quiméricas, corónanse de rosas... Y humean a lo lejos las rutas polvorosas por donde los labriegos regresan de los campos.
NEURASTENIA
Le spectre de la realité traverse ma pensée Víctor Hugo
Huraño el bosque muge su rezongo, y los ecos, llevando algún reproche, hacen rodar su carrasqueño coche y hablan la lengua de un extraño Congo.
Con la expresión estúpida de un hongo, clavado en la ignorancia de la noche, muere la Luna. El humo hace un fantoche de pies de sátiro y sombrero oblongo.
¡Híncate! Voy a celebrar la misa. Bajo la azul genuflexión de Urano adoraré cual hostia tu camisa:
«¡Oh, tus botas, los guantes, el corpiño...!» Tu seno expresará sobre mi mano la metempsícosis de un astro niño.
NIRVANA CREPUSCULAR
Con su veste en color de serpentina, reía la voluble Primavera... Un billón de luciérnagas de fina esmeralda, rayaba la pradera.
Bajo un aire fugaz de muselina, todo se idealizaba, cual si fuera el vago panorama, la divina materialización de una quimera...
En consustaciación con aquel bello nirvana gris de la Naturaleza, te inanimaste... Una ideal pereza
mimó tu rostro de incitante vello, y al son de mis suspiros, tu cabeza durmióse como un pájaro en mi cuello!...
NUMEN
Mefistófela divina, miasma de fulguración, aromática infección de una fístula divina... ¡Fedra, Molocha, Caína, cómo tu filtro me supo! ¡A ti - ¡Santo Dios! - te cupo ser astro de mi desdoro; yo te abomino y te adoro y de rodillas te escupo!
Acude a mi desventura con tu electrosis de té, en la luna de Astarté que auspicia tu desventura... Vértigo de asambladura y amapola de sadismo: ¡yo sumaré a tu guarismo unitario de Gusana la equis de mi Nirvana y el cero de mi ostracismo!
Carie sórdida y uremia, felina de blando arrimo, intoxícame en tu mimo entre dulzuras de uremia... Blande tu invicta blasfemia que es una garra pulida, y sórbeme por la herida sediciosa del pecado, como un pulpo delicado, "¡muerte a muerte y vida a vida!"
Clávame en tus fulgurantes y fieros ojos de elipsis y bruña el Apocalipsis sus músicas fulgurantes... ¡Nunca! ¡Jamás! ¡Siempre! ¡Y Antes! ¡Ven, antropófaga y diestra, Escorpiona y Clitemnestra! ¡Pasa sobre mis arrobos como un huracán de lobos en una noche siniestra! ¡Yo te excomulgo, Ananké!
Tu sombra de Melisendra irrita la escolopendra sinuosa de mi ananké... eres hidra en Salomé, en Brenda panteón de bruma, tempestad blanca en Satzuma, en Semíramis carcoma, danza de vientre en Sodoma y páramo en Olaluma!
Por tu amable y circunspecta perfidia y tu desparpajo, hielo mi cuello en el tajo de tu traición circunspecta... ¡Y juro, por la selecta ciencia de tus artimañas, que irá con tus risas hurañas hacia tu esplín cuando muera, mi galante calavera a morderte las entrañas!
TERTULIA LUNÁTICA V
¡Oh negra flor de Idealismo! ¡Oh hiena de diplomacia con bilis de aristocracia y lepra azul de idealismo!... Es un cáncer tu erotismo de absurdidad taciturna, y florece en mi saturna fiebre de virus madrastros, como un cultivo de astros en la gangrena nocturna.
Te llevo en el corazón, nimbada de mi sofisma, como un siniestro aneurisma que rompe mi corazón... ¡Oh Monstrua! Mi ulceración en tu lirismo retoña, y tu idílica zampoña no es más que parasitaria bordona patibularia de mi celeste carroña!
¡Oh musical y suicida tarántula abracadabra de mi fanfarria macabra y de mi parche suicida!... ¡Infame! En tu desabrida rapacidad de perjura, tu sugestión me sulfura con el horrendo apetito que aboca por el Delito la tenebrosa locura!
TERTULIA LUNÁTICA VI
En un bostezo de horror, tuerce el estero holgazán su boca de Leviatán tornasolada de horror... Dicta el Sumo Redactor a la gran Sombra Profeta, y obsediendo la glorieta, como una insana clavija, rechina su idea fija la turbadora veleta.
Ríe el viento confidente con el vaivén de su cola tersa de gato de Angola, perfumada y confidente... El mar inauditamente se encoge de sumisión y el faro vidente, en son de taumaturgas hombrías, traduce al torvo Isaías hipnotizando un león.
Estira aplausos de ascua la hoguera por los establos: rabiosa erección de diablos con tenedores en ascua... Un brujo espanto de Pascua de Marisápalo asedia, y una espectral Edad Media danza epilepsias abstrusas, como un horror de Medusas de la divina Comedia.
En una burla espantosa, el túnel del terraplén bosteza como Gwynplaine su carcajada espantosa... Hincha su giba la unciosa cúpula, y con sus protervos maleficios de hicocervos, conjetura el santuario el mito de un dromedario carcomido por los cuervos.
Las cosas se hacen facsímiles de mis alucinaciones y son como asociaciones simbólicas de facsímiles... Entre humos inverosímiles alinea el cañaveral, con su apostura marcial y sus penachos de gloria, las armas de la victoria en un vivac imperial.
Un arlequín tarambana con un toc-toc insensato el tonel de Fortunato bate en mi sien tarambana... Siento sorda la campana que en mi pensamiento intuye; en el eco que refluye mi voz otra voz me nombra; ¡y hosco persigo en mi sombra mi propia entidad que huye!
La realidad espectral pasa a través de la trágica y turbia linterna mágica de mi razón espectral... Saturno infunde el fatal humor bizco de su influjo y la luna en el reflujo se rompe, fuga y se integra como por la magia negra de un escamoteo brujo.
En la cantera fantasma, estampa Doré su mueca fosca, saturniana y hueca, de pesadilla fantasma... En el cementerio pasma la Muerte un zurdo can-can; ladra en un perro Satán, y un profesor rascahuesos trabuca en hipos aviesos el Carnaval de Schumann.
Textos de Dominio Público
JULIO HERRERA Y REISSIG
Hijo del Dr. Manuel Herrera y Obes y sobrino del ministro y más tarde presidente de la República Dr. Julio Herrera y Obes, fue miembro de una familia patricia uruguaya, de situación económica desahogada y conexiones importantes en el ámbito social y cultural. La única condicionante material de Julio Herrera y Reissig fue su precaria salud. En 1892, a los diecisiete años de edad, debe abandonar los estudios formales a causa de una enfermedad cardíaca congénita, agravada al contagiarse de fiebre tifoidea. Esta circunstancia le impide además cualquier tipo de viajes, salvo una breve estada en Buenos Aires y cortas visitas a ciudades del interior uruguayo. La experiencia mundana es sustituida por su condición de ávido lector y, a partir de 1900, conduce reuniones literarias desde el ático de la mansión familiar en Montevideo, conocida como La Torre de los Panoramas a causa de las importantes vistas que desde allí se tenían al Río de la Plata. Allí empieza la evolución desde el romanticismo hacia la vanguardia modernista y surrealista que lo convertiría póstumamente en una referencia obligada de la poesía latinoamericana de la época, junto a Leopoldo Lugones, Ricardo Jaimes Freyre y Salvador Diaz Mirón. Muere en Montevideo a la temprana edad de 35 años, mientras que la publicación de sus obras y el consecuente reconocimiento literario se producirá años después. El escritor y crítico literario uruguayo Ángel Rama (1926-1983) expresó lo siguiente: En poco menos de diez años y aun moviéndose en el más estrepitoso y superficial bazar art nouveau, creó una lírica de sutil sensibilidad moderna, de impecable precisión lingüística.
Herrera y Reissig escribió ficción, ensayos políticos y muchas otras obras, pero es fundamentalmente conocido y reconocido por su producción poética. - Canto a Lamartine (1898)
- Epílogo wagneriano a "La política de fusión" con surtidos de psicología sobre el Imperio de Zapicán (1902)
- Las pascuas del tiempo (1902)
- Los maitines de la noche (1902)
- La vida (1903)
- Los parques abandonados (1902-1908)
- Los éxtasis de la montaña (1904-1907)
- Sonetos vascos (1908)
- Las clepsidras (1909)
- La torre de las esfinges (1909)
- Los peregrinos de piedra (1909)
- Tratado de la imbecilidad del país, por el sistema de Herbert Spencer (escrito entre 1900 y 1902, editado por primera vez en 2006 por Aldo Mazzucchelli.)
tomado de www.es.wikipedia.org
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