| José de Espronceda:Antología Poética |
| Escrito por José de Espronceda | ||||
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José de Espronceda Antología Poética
Con diez cañones por banda, viento en popa, a toda vela, no corta el mar, sino vuela un velero bergantín. Bajel pirata que llaman, por su bravura, el Temido, en todo mar conocido del uno al otro confín. La luna en el mar rïela, en la lona gime el viento, y alza en blando movimiento olas de plata y azul; y ve el capitán pirata, cantando alegre en la popa, Asia a un lado, al otro Europa, y allá a su frente Estambul. Navega, velero mío, sin temor, que ni enemigo navío, ni tormenta, ni bonanza tu rumbo a torcer alcanza, ni a sujetar tu valor. Veinte presas hemos hecho a despecho del inglés, y han rendido sus pendones cien naciones a mis pies. Que es mi barco mi tesoro, que es mi dios la libertad, mi ley, la fuerza y el viento, mi única patria, la mar. Allá muevan feroz guerra ciegos reyes por un palmo más de tierra; que yo aquí tengo por mío cuanto abarca el mar bravío, a quien nadie impuso leyes. Y no hay playa, sea cualquiera, ni bandera de esplendor, que no sienta mi derecho y dé pecho a mi valor. Que es mi barco mi tesoro, que es mi dios la libertad, mi ley, la fuerza y el viento, mi única patria, la mar. A la voz de «¡barco viene!» es de ver cómo vira y se previene a todo trapo a escapar. Que yo soy el rey del mar, y mi furia es de temer. En las presas yo divido lo cogido por igual. Sólo quiero por riqueza la belleza sin rival. Que es mi barco mi tesoro, que es mi dios la libertad, mi ley, la fuerza y el viento, mi única patria, la mar. Sentenciado estoy a muerte. Yo me río; no me abandone la suerte, y al mismo que me condena colgaré de alguna entena quizá en su propio navío. Y si caigo, ¿qué es la vida? Por perdida ya la di, cuando el yugo del esclavo, como un bravo sacudí. Que es mi barco mi tesoro, que es mi dios la libertad, mi ley, la fuerza y el viento, mi única patria, la mar. Son mi música mejor aquilones, el estrépito y temblor de los cables sacudidos, del negro mar los bramidos y el rugir de mis cañones. Y del trueno al son violento, y del viento al rebramar, yo me duermo sosegado, arrullado por el mar. Que es mi barco mi tesoro, que es mi dios la libertad, mi ley, la fuerza y el viento, mi única patria, la mar. ELEGIA A LA PATRIA ¡Cuán solitaria la nación que un día poblara inmensa gente, la nación cuyo imperio se extendía del Ocaso al Oriente! ¡Lágrimas viertes, infeliz ahora, soberana del mundo, y nadie de tu faz encantadora borra el dolor profundo! Oscuridad y luto tenebroso en ti vertió la muerte, y en su furor el déspota sañoso se complació en tu suerte. No perdonó lo hermoso, patria mía; cayó el joven guerrero, cayó el anciano, y la segur impía manejó placentero. So la rabia cayó la virgen pura del déspota sombrío, como eclipsa la rosa su hermosura en el sol del estío. ¡Oh, vosotros, del mundo habitadores, contemplad mi tormento! ¿Igualarse podrán, ¡ah!, qué dolores al dolor que siento? Yo, desterrado de la patria mía, de una patria que adoro, perdida miro su primer valía y sus desgracias lloro. Hijos espúreos y el fatal tirano sus hijos han perdido, en campo de dolor su fértil llano tienen ¡ay! convertido. Tendió sus brazos la agitada España, sus hijos implorando; sus hijos fueron, mas traidora saña desbarató su bando. ¿Qué se hicieron tus muros torreados? ¡oh mi patria querida! ¿Dónde fueron tus héroes esforzados tu espada no vencida? ¡Ay! de tus hijos en la humilde frente está el rubor grabado a sus ojos caídos tristemente, el llanto está agolpado. Un tiempo España fue ¡cien héroes fueron en tiempos de ventura, y las naciones tímidas la vieron vistosa en hermosura. Cual cedro que en el Líbano se ostenta, su frente se elevaba; como el trueno a la virgen amedrenta, su voz las aterraba. Mas ora, como piedra en el desierto yaces desamparada, y el justo desgraciado vaga incierto allá en tierra apartada. Cubren su antigua pompa y poderío pobre yerba y arena, y el enemigo que tembló a su brío burla y goza en su pena. Vírgenes, destrenzad la cabellera y dadla al vago viento; acompañad con arpa lastimera mi lúgubre lamento. Desterrados, ¡oh Dios!, de nuestros lares, lloremos duelo tanto: ¿Quién calmará, ¡oh España!, tus pesares? ¿Quién secará tu llanto? OSCAR Y MALVINA IMITACION DEL ESTILO DE OSIAN. (A tale of the times of old)LA DESPEDIDA Magnífico Morvén, se alza tu frente de sempiterna nieve coronada; al hondo valle bramador torrente de tu cumbre enriscada se derrumba con ímpetu sonante, y zumba allá distante, la lira de Osián resonó un día en tu breñosa cumbre: tierna melancolía vertió en la soledad, y repetiste su acento dolor lánguido y dulce, como el recuerdo del amante triste de su amada en la tumba. El eco de su voz clamando guerra al rumor del torrente parecía, que en silencio retumba. Aun figuro tal vez que las montañas de nuevo esperan resonar su acento, cual muda la ribera de las olas que tornan, el ronco estruendo y el embate espera. ¿Dónde estás, Osián? ¿En los palacios de las nubes agitas la tormenta, o en el collado gira allá en la noche vagarosa tu sombra macilenta? Siento tierno quejido, y oigo el nombre de Oscar y de Malvina del aura entre el rüido, si el alta copa del ciprés inclina; y al resonar el hijo de la roca, cuando su voz se pierde cual la luz de la luna entre la niebla, mi mente se figura que escucho tus acentos de dulzura. Miro el alcázar de Fingal cubierto de innoble musgo y hierba y en silencio profundo sepultado como la noche el mar, el viento en calma. ¿Dó las armas están? ¿Dónde el sonido del escudo batido? ¿Dó de Carril la lira delicada, las fiestas de las conchas y tu llanto, Moina desconsolada? Blando el eco repite segunda vez el nombre de Malvina y el de su dulce Oscar; tiernos se amaron, gime en su losa de la noche el viento, y repite sus nombres que pasaron. Oscar de negros ojos, en las paces dulce su corazón como los rayos del astro bello precursor del día, y fiero en la batalla de la lanza, a la suya seguía la muerte que vibraba su pujanza. Llamó al héroe la guerra que el tirano Cairvar fiero traía, y su Malvina hermosa tierno llanto vertiendo le decía: «¿Dónde marchas, Oscar? Sobre las rocas donde braman los vientos, me mirarán llorar mis compañeras ¡ no más fatigaré vibrando el arco por el monte las fieras, ni a ti cansado de la ardiente caza te esperaré cuidosa, ni oiré ya más la voz de tus amores, ni mi alma estará nunca gozosa. ¿En dónde está mi Oscar? a los guerreros preguntaré anhelante, y ellos pasando junto a mí ligeros responderán: "¡Murió!" Dice y expira en sollozos su acento más süave que del arpa el sonido, al vislumbrar la luna en solitario bosque y escondido. "Destierra ese temor, Malvina mía, Oscar responde con fingido aliento. Muchos los héroes son que Fingal manda; caiga el fiero Cairvar y yo perezca, si es forzoso también; mas tú, Malvina, bella como la edad de la inocencia, vive que ya destina himnos el bardo a eternizar mi gloria. Mis hazañas oirás y entre las nubes yo sonreiré feliz; y vagaroso allá en la noche fría bajaré a tu mansión, verás mi sombra al triste rayo de la luna umbría". Y dice y se desprende de los brazos de su infeliz Malvina; a pasos rapidísimos avanza, y a la llama oscilante de las hogueras del extenso campo brillar se ven sus armas cual radiante, rápida exhalación. Yace en silencio el campamento todo, y sólo al eco repetir se siente el crujir al andar de su armadura y el blando susurrar del manso ambiente. Cual por nubes la luna silenciosa su luz quebrada envía trémula sobre el mar que la retrata, que ora se ve brillar, ora perdida pardo vellón de nube la arrebata, cielo y tierra en tinieblas sepultando, así a veces Oscar brilla y se pierde, la selva atravesando. EL COMBATE Cairvar yace adormido y tiene junto a sí lanza y escudo, y relumbra su yelmo claro a la llamarada reluciente de un tronco carcomido casi despojo de la llama ardiente, mitad dél a cenizas reducido. "Levántate, Cairvar, Oscar le grita. Cual hórrida tormenta eres tú de temer, mas yo no tiemblo: desprecio tu arrogancia y osadía; la lanza apresta y el escudo embraza, álzate pues, que Oscar te desafía". Cual en noche serena súbito amenazante, inmensa nube la turbulenta mar de espanto llena, se levanta Cairvar, alto cual roca de endurecido hielo. "¿Quién osa del valiente, en voz tronante grita, ora turbar el sueño, y quién irrita la cólera a Cairvar omnipotente?" "Vigoroso es tu brazo en la pelea, rey de la mar de aurirrolladas olas, Oscar de negros ojos le responde, hará ceder tu indómita pujanza". Como el furor del viento proceloso ondas con ondas con bramido horrendo estrella impetuoso, los guerreros ardiendo se arremeten y fieros se acometen. Chispea el hierro, la armadura suena, al rumor de los golpes gime el viento, y su son, dilatándose violento, al ronco monte atruena. Cayó Cairvar como robusto tronco que tumba el leñador al golpe rudo de hendiente hacha pesada y cayó derribada su soberbia fiereza, y su insolente orgullo y aspereza. Mas ¡ay! que moribundo Oscar yace también: ¡triste Malvina! aún no los bellos ojos apartaste del bosque aquel que le ocultó a tu vista, y del último adiós aún no enjugaste las lágrimas hermosas, tú más dulce a tu Oscar que las sabrosas auras de la mañana, siempre sola estarás; si entre las selvas pirámide de hielo reverbera a la luna, en tu ilusión dichosa figurarás tu amante, pensando ver su cota fulgorosa; pasará tu delirio y verterás el llanto de amargura sola y desconsolada... "¡Ay! ¡Oscar pereció!" gemirá el viento al romper la alborada, y al ocultar el sol la sombra oscura de la noche callada. HIMNO AL SOL Para y óyeme ¡oh Sol! Yo te saludo y extático ante tí me atrevo a hablarte. ardiente como tú mi fantasía, arrebatada en ansia de admirarte, intrépidas a ti sus alas guía. ¡Ojalá que mi acento poderoso sublime resonando, del trueno pavoroso la temerosa voz sobrepujando, ¡oh Sol! a ti llegara, y en medio de tu curso te parara! ¡Ah! si la llama que mi mente alumbra diera también su ardor a mis sentidos, al rayo vencedor que los deslumbra, los anhelantes ojos alzaría, y en tu semblante fúlgido atrevidos mirando sin cesar los fijaría. ¡Cuánto siempre te amé, sol refulgente! ¡Con qué sencillo anhelo, siendo niño inocente, seguirte ansiaba en el tendido cielo, y extático te vía y en contemplar tu luz me embebecía! De los dorados límites de Oriente, que ciñe el rico en perlas Océano, al término sombroso de Occidente las orlas de tu ardiente vestidura tiendes en pompa, augusto soberano, y el mundo bañas en tu lumbre pura. Vívido lanzas de tu frente el día, y, alma y vida del mundo, tu disco en paz majestuoso envía plácido ardor fecundo, y te elevas triunfante, corona de los orbes centellante. Tranquilo subes del Cenit dorado al regio trono en la mitad del cielo, de vivas llamas y esplendor ornado, y reprimes tu vuelo. Y desde allí tu fúlgida carrera rápido precipitas, y tu rica, encendida cabellera en el seno del mar, trémula agitas, y tu esplendor se oculta, y el ya pasado día con otros mil la eternidad sepulta. ¡Cuántos siglos sin fin, cuántos has visto en su abismo insondable desplomarse! ¡Cuánta pompa, grandeza y poderío de imperios populosos disiparse ¿Qué fueron ante ti? Del bosque umbrío secas y leves hojas desprendidas, que en círculos se mecen, y al furor de Aquilón desaparecen. Libre tú de la cólera divina, viste anegarse el universo entero, cuando las hojas por Jehová lanzadas, impelidas del brazo justiciero, y a mares por los vientos despeñadas, bramó la tempestad; retumbó en torno el ronco trueno, y con temblor crujieron los ejes de diamante de la tierra; montes y campos fueron alborotado mar, tumba del hombre. Se estremeció el profundo, y entonces tú, como Señor del mundo, sobre la tempestad tu trono alzabas, vestido de tinieblas, y tu faz engreías, y a otros mundos en paz resplandecías. Y otra vez nuevos siglos, nuevas gentes, viste llegar, huir, desvanecerse en remolino eterno, cual las olas llegan, se agolpan y huyen de Océano y tornan otra vez a sucederse; mientra inmutable tú, solo y radiante ¡Oh Sol! siempre te elevas, y edades mil y mil huellas triunfante. ¿Y habrás de ser eterno, inextinguible, sin que nunca jamás tu inmensa hoguera pierda su resplandor, siempre incansable, audaz siguiendo tu inmortal carrera, hundirse las edades contemplando, y solo, eterno, perenal, sublime, monarca poderoso dominando? No, que también la muerte, si de lejos te sigue, no menos anhelante te persigue. ¿Quién sabe si tal vez pobre destello eres tú de otro sol que otro universo mayor que el nuestro un día con doble resplandor esclarecía? Goza tu juventud y tu hermosura, ¡Oh Sol! que cuando el pavoroso día llegue que el orbe estalle y se desprenda de la potente mano del Padre Soberano, y allá a la eternidad también descienda deshecho en mil pedazos, destrozado y en piélagos de fuego envuelto para siempre y sepultado. De cien tormentas al horrible estruendo, en tinieblas sin fin tu llama pura entonces morirá. Noche sombría cubrirá eterna la celeste cumbre; ni aun quedará reliquia de tu lumbre. DESPEDIDA DEL PATRIOTA GRIEGO DE LA HIJA DEL APOSTATA Era de noche: en la mitad del cielo su luz rayaba la argentada luna, y otra luz más amable destellaba de sus llorosos ojos la hermosura. Allí en la triste soledad se hallaron su amante y ella con mortal angustia, y su voz en amarga despedida por vez postrera la infeliz escucha. "Determinado está; sí, mi sentencia para siempre selló la suerte injusta, y cuando allá la eternidad sombría este momento en sus abismos hunda, ¡ojalá para siempre que el olvido, suavizando el rigor de la fortuna, la imagen ¡ay! de las pasadas glorias bajo sus alas lóbregas encubra! ¿Por qué al nacer, crüeles me arrancaron del seno de mi madre moribunda, y salvo he sido de mortales riesgos para vivir penando en amargura? ¿Por qué yo fui por mi fatal destino unido a ti desde la tierna cuna? ¿Por qué nos hizo iguales en riqueza y en linaje también mi desventura? ¿Por qué mi infancia en inocentes juegos brilló contigo, y con delicia mutua ambos tejimos el infausto lazo que nuestras almas míseras anuda? ¡Ah! para siempre adiós: vano es ahora acariciar memorias de ventura; voló ya la ilusión de la esperanza, y es vano amar sin esperanza alguna. ¿Qué puede el infeliz contra el destino? ¿Qué ruegos moverán, qué desventuras el bajo pecho de tu infame padre? Infame, sí, que al despotismo jura vil sumisión, y en sórdida avaricia vende su patria a las riquezas turcas. El apellida sacrosantas leyes el capricho de un déspota, él nos juzga de rebeldes doquier, su voz comprada culpa a su patria y al tirano adula. El nos ordena ante el sultán odioso humilde miedo y obediencia muda. Mas no, que el alma de la Grecia existe. Santo furor su corazón circunda, que ávido se hartará de sangre hirviente, que nuevo ardor le infundirá y bravura. No ya el tirano mandará en nosotros: Tristes rüinas, áridas llanuras, cadáveres no más serán su imperio, será sólo el señor de nuestras tumbas. Ya osan ser libres los armados brazos y ya romper la bárbara coyunda. Y con júbilo a ti, todos ¡oh muerte! y a ti, divina libertad, saludan. Gritos de triunfo, sacudido el viento hará que al éter resonando suban, o eterna muerte cubrirá la Grecia en noche infanda y soledad profunda. Ese altivo monarca, que embriagado yace en perfumes y lascivia impura, despechado sabrá que no hay cadena que la mano de un libre no destruya. Con rabia oirá de libertad el grito sonar tremendo en la obstinada lucha, y con miedo y horror su sed de sangre torrentes hartarán de sangre turca. Y tu padre también, si ora impudente so el poder del Islam su patria insulta, pronto verá cuán formidable espada blande en la lid la libertad sañuda. Marcha y dile por mí que hay mil valientes y yo uno de ellos, que animosos juran morir cual héroes o romper el cetro a cuya sombra el pérfido se escuda. Que aunque marcados con la vil cadena, no han sido esclavas nuestras almas nunca, que el heredado ardor de nuestros padres las hace hervir aún; que nuestra furia nos labrará, lidiando, en cada golpe triunfo seguro o noble sepultura. Dile que sólo en baja servidumbre puede vivir un alma cual la suya, el alma de un apóstata que indigno llega sus labios a la mano impura, que de caliente sangre reteñida, nuevos destrozos a su patria anuncia. Perdóname, infeliz, si mis palabras rudas ofenden tu filial ternura. Es verdad, es verdad: tu padre, un tiempo mi amigo se llamó, y ¡ojalá nunca pasado hubieran tan dichosos días! Yo no llamara injusta a la fortuna. ¡Cómo entonces mi mano enjugaría las lágrimas que viertes de amargura! Tu padre, ¡oh Dios! como engañoso amigo cuando la Grecia la servil coyunda intrépida rompió, cuando mi pecho respiraba gozoso el aura pura de la alma libertad, pensó el inicuo seducirme tal vez con tu hermosura, y en premio vil me prometió tu mano si ser secuaz de su traición inmunda, y desolar mi patria le ofrecía, esclavo yo de la insolente turba de esclavos del sultán. Antes el cielo mis yertos miembros insepultos cubra, que goce yo de ignominiosa vida ni en el seno feliz de tu dulzura. ¡Ah! para siempre adiós: la infausta suerte que el lazo rompe que las almas junta, y va a arrancar tu corazón del mío, tan sólo ahora una esperanza endulza. Yo te hallaré donde perpetuas dichas las almas de los ángeles disfrutan. ¡Ah! para siempre adiós... tente... un momento, un beso nada más... es de amargura... es el último ¡oh Dios!... mi sangre hiela... ¡Ah! los martirios del infierno nunca igualaron mi pena y mi agonía. ¡Terminara la muerte aquí mi angustia, y aun muriera feliz! Mis ojos quema una lágrima ¡Oh Dios! y tú la enjugas! ¡Quién resistir podrá! Basta... la hora se acerca ya que mi partida anuncia. ¡Ojalá para siempre que el olvido, suavizando el rigor de la fortuna la imagen ¡ay! de las pasadas glorias bajo sus alas lóbregas encubra!" Dice, y se alejan. A esperar consuelo la hija del apóstata en la tumba; él, batallando pereció en las lides, y ella víctima fue de su amargura. A LA MUERTE DE TORRIJOS Y SUS COMPAÑEROS Hélos allí: junto a la mar bravía cadáveres están ¡ay! los que fueron honra del libre, y con su muerte dieron almas al cielo, a España nombradía. Ansia de patria y libertad henchía sus nobles pechos, que jamás temieron, y las costas de Málaga los vieron cual sol de gloria en desdichado día. Españoles, llorad; mas vuestro llanto lágrimas de dolor y sangre sean, sangre que ahogue a siervos y opresores, y los viles tiranos, con espanto siempre delante amenazando vean alzarse sus espectros vengadores. CANTO DEL CRUZADO Ya tarde en la noche la luna escondía cercana a Occidente, su lívida faz, y al Norte entre nubes, relámpago ardía que el cielo inundaba de lumbre fugaz. El Tajo sus aguas con ronco bramido despeña, y el eco redobla el fragor; el bosque se mece con sordo rüido, de negras tormentas fatal precursor. Al fuego que el raudo relámpago enciende, que al monte y la selva parece abrasar, un hombre a caballo la margen desciende y al trote se sienten sus armas sonar. Tal vez a su paso con viva vislumbre la cruz en su escudo radiante brilló; mas luego en tinieblas la rápida lumbre al hombre y caballo consigo ocultó. De un monte en la altura levanta su frente soberbio castillo de ilustre señor; brillantes antorchas le adornan luciente y de arpas y fiesta se escucha el rumor. Abiertas las rejas, las luces se agitan, y alegre banquete se deja entrever, los néctares dulces al júbilo excitan y a cien caballeros cantando a beber. cual negra fantasma de forma medrosa que a tímida virgen de noche aterró así en la alta cumbre del monte escabrosa el hombre a caballo veloz pareció. Al pie del castillo llegando el guerrero, alegre relincha su noble trotón; la rienda recoge, desmonta ligero y para y escucha sonar la canción. Del arpa sonora los dulces contentos aplauden con bravos y vivas sin fin, y en coro resuenan alegres acentos, en alto las copas a honor del festín. Mas luego en silencio la mágica lira, vibrada suave se torna a escuchar, y sigue a su acento que plácido inspira la voz regalada de aqueste cantar: Era la noche, y la luna melancólica brillaba con pálida luz süave en el jardín de la Alhambra. En su soledad se goza la hermosísima Zoraida, la más bella de las moras, la adorada de Abenámar. Tan sólo rompe el silencio entre las flores el aura o que dulcemente las [...] y su perfume exhala. Allí, vagando en silencio, sus pensamientos halagan mil imágenes sabrosas, mil cumplidas esperanzas. Mas ¿qué estruendo de trompetas toca a rebato en Granada, y entre el confuso alboroto retumba el grito de alarma? Zoraida escucha y suspira, que al son de guerra, Abenámar, el más bravo de los moros, es el primero que marcha. Ya cerca escucha las trompas de las huestes castellanas, y relinchos, y carreras, y el batir de las espadas. Precipitada a una reja, sube la mora al alcázar, y por la vega anchurosa yiende la vista agitada. Inquieta, atento el oído, tiembla al crujir de las armas, cual tímido cervatillo si el viento agita las ramas. En su ventana, la noche toda, lo espera azorada. Ya el estruendo y voces crecen, ya poco a poco se callan. Era el rumor: los guerreros vuelven en triunfo a Granada. Gallardo en las lides, cayó el vencedor. ¡Ay! llora, Zoraida, tu triste amador. Su voz moribunda tu nombre exhaló, y al pecho, expirante, tu banda estrechó. Ya el bardo a su gloria levanta la voz. Eterno su nombre dirá el trovador. Gallardo en las lides, cayó el vencedor. ¡Ay! llora, Zoraida, tu triste amador. El arpa acompaña, callado ya el canto, con lánguidos trinos la trova gentil, cual dulce en la selva, con plácido encanto, el eco modulan los auras de Abril. Y luego cien arpas resuenan, y el coro los nobles entonan cantando a la vez, y el fin malogrado del ínclito moro envidian, y ensalzan su amor y su prez. En tanto el guerrero que el cántico oía, con fuerza en las puertas su lanza chocó, y allá en las almenas, al punto, el vigía: «¿Quién llama a estos muros?» audaz preguntó. «Asilo en la noche demanda un guerrero que errante camina», gritó el paladín. «Abridle, de adentro sonó un caballero, y encuentre acogida y asiento al festín». Las negras cadenas que el puente suspenden con ronco sonido se sienten crujir, y bajan el puente, y algunos descienden armados guerreros, las puertas a abrir. Su nombre preguntan; responde el soldado: «Mi nombre, aunque ilustre, es fuerza ocultar. Saber es bastante que soy un cruzado que vuelve de tierras allende del mar». So un manto sencillo de cándido lino, do roja aparece la espléndida cruz, su rostro y sus armas cubrió el paladino, los ojos tan sólo quedando a la luz. En ellos ostenta, con fiera altiveza, fijándolos firme, intrépido ardor. Mas luego se apaga con fría tristeza o usado descuido su noble esplendor. En tanto, dos pajes, sirviendo de guía, conducen al huésped adentro al salón, y sale a su encuentro con faz de alegría, dejando el banquete, gallardo infanzón. La mano, por muestra de dar bienvenida, tendiéndole dice: «Llegado aquí en paz, os dé mi castillo sabrosa acogida y halléis con nosotros placer y solaz». El huésped, en tanto que el noble le hablara, mantiene los ojos clavados en él, así que en su rostro semblanza encontrara que antiguos recuerdos preséntanle fiel. «¿Sois vos, le pregunta, gentil castellano, de aquesta comarca tal vez el señor? ¿Sois vos el que nombran el conde Lozano, honor de Castilla, del moro terror?» El noble, modesto, responde al guerrero: "Yo soy el que llaman como vos decís, empero la fama da un nombre a mi acero más alto que nunca por él merecí. Entrad con nosotros, partid el contento, ilustre soldado de la alta Sión. Dirás de tus viajes el plácido cuento y oiremos tus hechos con grata atención». "Mi vida y mis hechos, el huésped responde, ansiara yo mismo por siempre olvidar». Y dice, y su rostro moreno se esconde so nube sombría de negro pesar. Del sol de la Libia quemado el semblante, sus ojos un punto centellear se ven, mas luego se apaga su brillo al instante, y al fuego que lanzan sucede el desdén. Con hondo suspiro prosigue el cruzado, bajando los ojos con triste mirar: «Delante el sepulcro de Dios he jurado mi historia y mi nombre jamás confiar. Así he prometido robarme el consuelo que acaso los hombres al mísero dan, así hasta que quiera por último el cielo que baje a la tumba conmigo mi afán». Su voz, su mirada, su rostro turbado profundo misterio parece encubrir. El Conde en silencio le asienta a su lado, sin más sus desdichas forzarle a decir. Alguno le mira, fijándole atento, que piensa su pecho tal vez sondear. Mas sólo su vista le da el pensamiento que es hombre que el riesgo no duda arrostrar. En tanto que el huésped, así indiferente, se vuelve a su estado de triste inacción, el Conde Lozano anima su gente mandando que entonen alegre canción. Las copas henchidas del néctar sabroso se vieron al punto volar al redor y el arpa vibrando con eco armonioso así dulcemente cantó el trovador: El soldado de Sión El que ansioso de alta gloria, joven dejó sus hogares, y lanzándose a los mares, voló a buscar la victoria, vencedor del turco fiero, vuelve, valiente cruzado, del sol el rostro tostado y en sangre tinto su acero. Allí, su lanza en la lid dio a su renombre esplendor, le cantó el trovador como a intrépido adalid. Ora vuelve, en su semblante con cicatrices de heridas en honra y pro recibidas de la que adora constante. Tal vez al verle a su reja le desconozca la hermosa que sensible y cuidadosa oyó otro tiempo su queja. Mas si no vuelve de Oriente, cual antes, joven hermoso, vuelve intrépido y brioso y ornada en lauros la frente. Y las lunas abatidas de los árabes altivos, cien caballos, cien cautivos, cien cimitarras vencidas, el soldado de Sión rendirá ante su hermosura y con humilde ternura su constante corazón. Y si amorosa un momento tendrá completa ventura su más alto pensamiento, y tendrá por muy dichosa de su destino la estrella si le devuelve su bella siempre tierna y cariñosa. Que por la cruz y en su honor ha alcanzado la victoria, y su nombre y su memoria realzó en la lid su valor, y buscando dónde ir a hacer su nombre famoso, vuelve a sus pies venturoso sus laureles a rendir. «A fe, dijo un noble, ya el canto acabado, que son muy leales esclavos de amor los bravos guerreros del templo sagrado, según en sus versos pintó el trovador. Que dicen hermosas que son las mujeres que adornan las tierras do se alza Lalén y ofrece el Oriente gustosos placeres, y todos los miran con tibio desdén». «No brillan mujeres allá en Palestina, responde un guerrero, cual brillan aquí. Yo pongo que nunca mujer más divina se vio que la hermosa que adora el Zegrí». «Ximena es más bella, repuso un mancebo moviendo los ojos con fiero mirar. Y rompo una lanza por ella y lo pruebo cualquiera en su contra se muestre a lidiar». El Conde al momento: «Más bella es mi esposa, la reina en las justas de amor y beldad. Yo pongo que es ella más noble y hermosa y acepto en la arena probar la verdad». «Cualquiera que venza será venturoso, repuso un anciano, empero el semblante hará más hermoso de aquella que adora su noble valor. Que allá cuando hervía mi pecho valiente con ansia amorosa y ardor juvenil, recuerdo con pena que anubla mi frente y aún hace a mi pecho turbado latir, que así por mi dama vibrando mi espada en negra contienda de honrar la beldad, tendido a mis plantas, de fiera estocada mi amigo más caro probó mi crueldad. Vosotros, hermanos en armas y amigos, de España esperanza, mancebos de pro, ¡oh! no querrá el cielo lidiéis enemigos por causa tan leve, presente aquí yo. Penosos recuerdos, eterno tormento quien hiera a su amigo por pago tendrá, y siempre turbado doquier su contento la sombra del muerto delante hallará. Allá vuestra espada se cruce al alfanje que en sangre crüel regó el desolado campo castellano, y arranque a su frente antiguo laurel. Volved por las armas si algún caballero con lengua villana se atreve a su honor, o bien si el osado moteja altanero sus mismos galanes de poco valor. Que entonces la honra exige que muerto o quede el que el duelo audaz provocó, o que ante testigos confiese el entuerto que con sus palabras o acciones causó. Tomad mi consejo y usad de prudencia; al noble extranjero nombrad vuestro juez, mostradle las damas y dadle sentencia. Ninguno contienda otra vez. Llegado de climas y tierras lejanas, do ha visto las bellas de cada país, a un lado dejando pretensiones vanas, no dudo que todos en él convenís. Y aquel que aún sostenga tenaz su porfía, y dude a esta prueba tan fácil ceder, por cierto en su dama muy poco confía y no por muy bella la debe tener». LA CAUTIVA Ya el sol esconde sus rayos, el mundo en sombras se vela, el ave a su nido vuela, busca asilo el trovador. Todo calla: en pobre cama duerme el pastor venturoso, en su lecho suntüoso se agita insomne el señor. Se agita, mas ¡ay! reposa al fin en su patrio suelo, no llora en mísero duelo la libertad que perdió; los campos ve que a su infancia horas dieron de contento, su oído halaga el acento del país donde nació. No gime ilustre cautivo entre doradas cadenas, que si bien de encanto llenas, al cabo cadenas son. Si acaso triste lamenta, en torno ve a sus amigos, que, de su pena testigos, consuelan su corazón. La arrogante erguida palma que en el desierto florece, al viajero sombra ofrece, descanso y grato manjar; y, aunque sola, allí es querida del árabe errante y fiero, que siempre va placentero a su sombra a reposar. Mas ¡ay triste! yo cautiva; huérfana y sola suspiro, en clima extraño respiro, y amo a un extraño también; no hallan mis ojos mi patria; humo han sido mis amores; nadie calma mis dolores, y en celos me siento arder. ¡Ah! ¿Llorar? ¿Llorar?... No puedo, ni ceder a mi tristura, ni consuelo en mi amargura podré jamás encontrar. Supe amar como ninguna, supe amar correspondida; despreciada, aborrecida, ¿no sabré también odiar? ¡Adiós, patria! ¡adiós, amores! la infeliz Zoraida ahora sólo venganzas implora, ya condenada a morir. No soy ya del castellano la sumisa enamorada, soy la cautiva cansada ya de dejarse oprimir. EL REO DE MUERTE ¡Para hacer bien por el alma del que van a ajusticiar... Reclinado sobre el suelo con lenta amarga agonía, pensando en el triste día que pronto amanecerá, en silencio gime el reo y el fatal momento espera en que el sol por vez postrera en su frente lucirá. Un altar y un crucifijo, y la enlutada capilla lánguida vela amarilla tiñe en su luz funeral, junto al mísero reo, medio encubierto el semblante, se oye el fraile agonizante en son confuso rezar. El rostro levanta el triste Y alza los ojos al cielo; tal vez eleva en su duelo la súplica de piedad: ¡Una lágrima! ¿es acaso de temor o de amargura? ¡Ay! ¿a aumentar su tristura vino un recuerdo quizá. Es un joven y la vida llena de sueños de oro pasó ya, cuando aun el lloro de la niñez no enjugó: El recuerdo es de la infancia, y su madre que le llora para morir así ahora con tanto amor le crió. Y a par que sin esperanza ve ya la muerte en acecho, su corazón en su pecho siente con fuerza latir, al tiempo que mira al fraile que en paz ya duerme a su lado y que ya viejo y postrado le habrá de sobrevivir. ¿Mas qué rumor a deshora rompe el silencio? Resuena una alegre cantilena y una guitarra a la par, y gritos y de botellas que se chocan, el sonido, y el amoroso estallido de los besos y el danzar. Y también pronto en son triste lúgubre voz sonará: ¡Para hacer bien por el alma del que van a ajusticiar! Y la voz de los borrachos, y sus brindis, sus quimeras, y el cantar de las rameras, y el desorden bacanal en la lúgubre capilla penetran, y carcajadas, cual de lejos arrojadas de la mansión infernal. Y también pronto en son triste lúgubre voz sonará: ¡Para hacer bien por el alma del que van a ajusticiar! ¡Maldición! Al eco infausto el sentenciado maldijo la madre, que como a hijo a sus pechos le crió; y maldijo el mundo todo, maldijo su suerte impía, maldijo el aciago día y la hora en que nació. II Serena la luna alumbra en el cielo, domina en el suelo profunda quietud. Ni voces se escuchan, ni ronco ladrido, ni tierno quejido de amante laúd. Madrid yace envuelto en sueño, todo al silencio convida, y el hombre duerme y no cuida del hombre que va a expirar. Si tal vez piensa en mañana, ni una vez piensa siquiera en el mísero que espera para morir, despertar; que sin pena ni cuidado los hombres oyen gritar: ¡Para hacer bien por el alma del que van a ajusticiar! ¡Y el juez también en su lecho duerme en paz!! ¡y su dinero el verdugo placentero entre sueños cuenta ya! Tan sólo rompe el silencio en la sangrienta plazuela el hombre del mal que vela un cadalso a levantar. Loca y confusa la encendida mente, sueños de angustia y fiebre y devaneo el alma envuelven del confuso reo, que inclina al pecho la abatida frente. Y en sueños confunde la muerte, la vida. Recuerda y olvida, suspira, respira con hondo afán. Y en un mundo de tinieblas vaga y siente miedo y frío, y en su horrible desvarío palpa en su cuello el dogal; y cuanto más forcejea, cuanto más lucha y porfía, tanto más en su agonía aprieta el nudo fatal. Y oye ruido, voces, gentes, y aquella voz que dirá: ¡Para hacer bien por el alma del que van a ajusticiar! ya libre se contempla, y al aire puro respira, y oye de amor que suspira la mujer que un tiempo amó, bella y dulce cual solía, tierna flor de primavera, el amor de la pradera que el abril galán mimó. Y gozoso a verla vuela, y alcanzarla intenta en vano, que al tender la ansiosa mano su esperanza a realizar, su ilusión la desvanece de repente el sueño impío, y halla un cuerpo mudo y frío y un cadalso en su lugar. Y oye a su lado en son triste lúgubre voz resonar: ¡Para hacer bien por el alma del que van a ajusticiar! EL MENDIGO Mío es el mundo: como el aire libre, otros trabajan porque coma yo; todos se ablandan si doliente pido una limosna por amor de Dios. El palacio, la cabaña son mi asilo, si del ábrego el furor troncha el roble en la montaña, o que inunda la campaña el torrente asolador. Y a la hoguera me hacen lado los pastores con amor, y sin pena y descuidado de su cena ceno yo. en la rica chimenea, que recrea con su olor me regalo codicioso del banquete suntüoso con las sobras de un señor. Y me digo: el viento brama, caiga furioso turbón; que al son que cruje de la seca leña, libre me duermo sin rencor ni amor. Mío es el mundo: como el aire libre, etc. Todos son mis bienhechores, por todos a Dios ruego con fervor; de villanos y señores yo recibo los favores sin estima y sin amor. Ni pregunto quiénes sean, ni me obligo a agradecer; que mis rezos si desean, dar limosna es un deber. Y es pecado la riqueza, la pobreza santidad: Dios a veces es mendigo, al avaro da castigo que le niegue caridad. Yo soy pobre y se lastiman todos al verme plañir, sin ver son mías sus riquezas todas, que mina inagotable es el pedir. Mío es el mundo: como el aire libre, etc. Mal revuelto y andrajoso, entre harapos del lujo sátira soy, y con mi aspecto asqueroso me vengo del poderoso y adonde va, tras él voy. Y a la hermosa que respira cien perfumes, gala, amor, la persigo hasta que mira, y me gozo cuando aspira mi punzante mal olor. Y las fiestas y el contento con mi acento turbo yo, y en la bulla y la alegría interrumpen la harmonía mis harapos y mi voz: Mostrando cuán cerca habitan el gozo y el padecer, que no hay placer sin lágrimas, ni pena que no transpire en medio del placer. Mío es el mundo: como el aire libre, etc. Y para mí no hay mañana. ni hay ayer, olvido el bien como el mal, nada me aflige ni afana; me es igual para mañana un palacio, un hospital. Vivo ajeno se memorias; de cuidados libre estoy. Busquen otros oro y glorias, yo no pienso sino en hoy. Y do quiera vayan leyes, quiten reyes, reyes den Yo soy pobre, al mendigo, por el miedo del castigo, todos hacen siempre bien. Y un asilo donde quiera, y un lecho en el hospital siempre hallaré, y un hoyo donde caiga mi cuerpo miserable al expirar. Mío es el mundo: como el aire libre, otros trabajan porque coma yo todos se ablandan si doliente pido una limosna por amor de Dios. EL VERDUGO De los hombres lanzado al desprecio, de su crimen la víctima fui; y se evitan de odiarse a sí mismos, fulminando sus odios en mí. Y su rencor al poner en mi mano, me hicieron su vengador; y se dijeron: «Que nuestra vergüenza común caiga en él; se marque en su frente nuestra maldición; su pan amasado con sangre y con hiel, su escudo con armas de eterno baldón sean la herencia que legue al hijo, el que maldijo la "sociedad". Y de mí huyeron, de sus culpas el manto me echaron, y mi llanto y mi voz escucharon ¡sin piedad!!! Al que a muerte condenan le ensalzan... ¿Quién al hombre del hombre hizo juez? ¿Que no es hombre ni siente el verdugo imaginan los hombres tal vez? Y ellos no ven que yo soy de la imagen divina ¡copia también! Y cual dañina fiera a que arrojan un triste animal, que ya entre sus dientes se siente crujir, así a mí, instrumento del genio del mal me arrojan el hombre que traen a morir. Y ellos son justos, yo soy maldito, yo sin delito soy criminal: Mirad al hombre que me paga una muerte; el dinero me echa al suelo con rostro altanero, ¡a mi, su igual! El tormento que quiebra los huesos y del reo el histérico ¡ay! y el crujir de los nervios rompidos bajo el golpe del hacha que cae, son mi placer, y al rumor que en las piedras rodando hace, al caer, del triste saltando la hirviente cabeza de sangre en un mar, allí entre el bullicio del pueblo feroz mi frente serena contemplan brillar, tremenda, radiante con júbilo atroz. Que de los hombres en mí respira toda la ira, todo el rencor; que a mí pasaron la crueldad de sus almas impía, y al cumplir su venganza y la mía gozo en mi horror! Ya más alto que el grande, que altivo con sus plantas hollara la ley, al verdugo los pueblos miraron y mecido en los hombros de un rey; y en él se hartó, embriagado de gozo aquel día cuando expiró; y su alegría su esposa y sus hijos pudieron notar; que en vez de la densa tiniebla de horror, miraron la risa su labio amargar, lanzando sus ojos fatal resplandor. Que el verdugo con su encono sobre el trono se asentó. Y aquel pueblo que tan alto le alzara bramando, otro rey de venganzas, temblando, en él miró. En mí vive la historia del mundo que el destino con sangre escribió, y en sus páginas rojas Dios mismo mi figura impaciente grabó. La eternidad ha tragado cien siglos y ciento, y la maldad su monumento en mí todavía contempla existir. Y en vano es que el hombre do brota la luz con viento de orgullo pretenda subir: ¡Preside el verdugo los siglos aún! Y cada gota que me ensangrienta, del hombre ostenta un crimen más. Y yo aún existo, fiel recuerdo de edades pasadas, a quien siguen cien sombras airadas ¡siempre detrás! ¡Oh! ¿por qué te ha engendrado el verdugo, tú, hijo mío, tan puro y gentil? En tu boca la gracia de un ángel presta gracia a tu risa infantil. ¡Ay! tu candor, tu inocencia, tu dulce hermosura me inspira horror. ¡Oh! tu ternura, mujer, ¿a qué gastas con ese infeliz? ¡Oh! muéstrate madre piadosa con él, ¡ahógale, y piensa será así feliz! ¿Qué importa que el mundo te llame cruel? Mi vil oficio querrás que siga ¡que te maldiga tal vez querrás! Piensa que un día al que hoy miras jugar inocente, ¡maldecido cual yo y delincuente también verás. EL CANTO DEL COSACO Donde sienta mi caballo los pies no vuelve a nacer yerba. PALABRAS DE ATILACORO ¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra! La Europa os brinda espléndido botín: sangrienta charca sus campiñas sean, de los grajos su ejército festín. ¡Hurra! A caballo, hijos de la niebla! Suelta la rienda, a combatir volad; ¿Veis esas tierras fértiles? Las puebla gente opulenta, afeminada ya. Casas, palacios, campos y jardines, todo es hermoso y refulgente allí, son sus hembras celestes serafines, su sol alumbra un cielo de zafir. ¡Hurra, cosacos, etc. Nuestro sean su oro y sus placeres, gocemos de ese campo y ese sol; son sus soldados menos que mujeres, sus reyes, viles mercaderes son. Vedlos huir para esconder su oro, vedlos cobardes lágrimas verter... ¡Hurra! ¡Volad! Sus cuerpos, su tesoro huellen nuestros caballos con sus pies. ¡Hurra, cosacos, etc. Dictará allí nuestro capricho leyes, nuestras casas alcázares serán, los cetros y coronas de los reyes cual juguetes de niños rodarán. ¡Hurra! ¡Volad! A hartar nuestros deseos, las más hermosas nos darán su amor, y no hallarán nuestros semblantes feos, que siempre brilla hermoso el vencedor. ¡Hurra, cosacos, etc. Desgarraremos la vencida Europa, cual tigres que devoran su ración; en sangre empaparemos nuestra ropa, cual rojo manto de imperial señor. Nuestros nobles caballos relinchando regias habitaciones morarán; cien esclavos, sus frentes inclinando, al mover nuestros ojos, temblarán. ¡Hurra, cosacos, etc. Venid, volad, guerreros del desierto, como nubes en negra confusión, todos suelto el bridón, el ojo incierto, todos atropellándoos en montón. Id en la espesa niebla confundidos, cual tromba que arrebata el huracán, cual témpanos de hielo endurecidos por entre rocas despeñados van. ¡Hurra, cosacos, etc. Nuestros padres un tiempo caminaran hasta llegar a una imperial ciudad; un sol más puro es fama que encontraron, y palacios de oro y de cristal. Vadearon el Tibre sus bridones; yerta a sus pies la tierra enmudeció; su sueño con fantásticas canciones la fada de los triunfos arrulló. ¡Hurra, cosacos, etc. ¡Qué! ¿No sentís la lanza estremecerse hambrienta en vuestras manos de matar? ¿No veis entre la niebla aparecerse visiones mil que el parabién nos dan? Escudo de esas míseras naciones era ese muro que abatido fue; la gloria de Polonia y sus blasones en humo y sangre convertidos ved. ¡Hurra, cosacos, etc. ¿Quién en dolor trocó sus alegrías? ¿Quién sus hijos triunfante encadenó? ¿Quién puso fin a sus gloriosos días? ¿Quién en su propia sangre los abogó? ¡Hurra, cosacos! ¡Gloria al más valiente! Esos hombres de Europa nos verán: ¡Hurra! Nuestros caballos en su frente hondas sus herraduras marcarán. ¡Hurra, cosacos, etc. A cada bote de la lanza ruda, a cada escape en la abrasada lid, la sangrienta ración de carne cruda bajo la silla sentiréis hervir. Y allá después en templos suntüosos, sirviéndonos de mesa algún altar, nuestra sed calmarán vinos sabrosos, hartará nuestra hambre blanco pan. ¡Hurra, cosacos, etc. Y nuestras madres nos verán triunfantes, y a esa caduca Europa a nuestros pies, y acudirán de gozo palpitantes, en cada hijo a contemplar un rey. Nuestros hijos sabrán nuestras acciones, las coronas de Europa heredarán, y a conquistar también otras regiones el caballo y la lanza aprestarán. ¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra! La Europa os brinda espléndido botín; sangrienta charca sus campiñas sean, de los grajos su ejército festín. A JARIFA EN UNA ORGIA Trae, Jarifa, trae tu mano, ven y pósala en mi frente, que en un mar de lava hirviente mi cabeza siento arder. Ven y junta con mis labios esos labios que me irritan, donde aún los besos palpitan de tus amantes de ayer. ¿Qué la virtud, la pureza? ¿Qué la verdad y el cariño? Mentida ilusión de niño que halagó mi juventud. Dadme vino: en él se ahoguen mis recuerdos; aturdida, sin sentir, huya la vida paz me traiga el ataúd. El sudor mi rostro quema, y en ardiente sangre rojos brillan inciertos mis ojos, se me salta el corazón. Huye, mujer; te detesto, siento tu mano en la mía, y tu mano siento fria, y tus besos hielo son. ¡Siempre igual! Necias mujeres, inventad otras caricias, otro mundo, otras delicias, ¡o maldito sea el placer! Vuestros besos son mentira, mentira vuestra ternura, es fealdad vuestra hermosura, vuestro gozo es padecer. Yo quiero amor, quiero gloria, quiero un deleite divino, como en mi mente imagino, como en el mundo no hay; y es la luz de aquel lucero que engañó mi fantasía, fuego fatuo, falso guía que errante y ciego me tray. ¿Por qué murió para el placer mi alma, y vive aún para el dolor impío? ¿Por qué si yazgo en indolente calma, siento en lugar de paz, árido hastío? ¿Por qué este inquieto abrasador deseo ¿Por qué este sentimiento extraño y vago, que yo mismo conozco un devaneo, y busco aún su seductor halago? ¿Por qué aún fingirme amores y placeres que cierto estoy de que serán mentira? ¿Por qué en pos de fantásticas mujeres necio tal vez mi corazón delira, si luego en vez de prados y de flores, halla desiertos áridos y abrojos, y en sus sandios o lúbricos amores fastidio sólo encontrará y enojos? Yo me arrojé, cual rápido cometa, en alas de mi ardiente fantasía doquier mi arrebatada mente inquieta dichas y triunfos encontrar creía. Yo me lancé con atrevido vuelo fuera del mundo en la región etérea, y hallé la duda, y el radiante cielo vi convertirse en ilusión aérea. Luego en la tierra la virtud, la gloria busqué con ansia y delirante amor, y hediondo polvo y deleznable escoria mi fatigado espíritu encontró. Mujeres vi de virginal limpieza entre albas nubes de celeste lumbre; yo las toqué, y en humo su pureza trocarse vi, y en lodo y podredumbre. Y encontré mi ilusión desvanecida, y eterno e insaciable mi deseo. Palpé la realidad y odié la vida: sólo en la paz de los sepulcros creo. Y busco aún y busco codicioso, y aun deleites el alma finge y quiere; pregunto, y un acento pavoroso "¡Ay!, me responde, desespera y muere. Muere, infeliz: la vida es un tormento, un engaño el placer; no hay en la tierra paz para ti, ni dicha, ni contento, sino eterna ambición y eterna guerra. Que así castiga Dios el alma osada que aspira loca, en su delirio insano, de la verdad para el mortal velada, a descubrir el insondable arcano". ¡Oh, cesa! No, yo no quiero ver más, ni saber ya nada; harta mi alma y postrada, sólo anhela descansar. En mí muera el sentimiento, pues ya murió mi ventura; ni el placer ni la tristura vuelvan mi pecho a turbar. Pasad, pasad en óptica ilusoria, y otras jovenes almas engañad; nacaradas imágenes de gloria, coronas de oro y laurel, pasad. Pasad, pasad, mujeres voluptuosas, con danza y algazara en confusión; pasad como visiones vaporosas sin conmover ni herir mi corazón. Y aturdan mi revuelta fantasía los brindis y el estruendo del festín, y huya la noche y me sorprenda el día en un letargo estúpido y sin fin. Ven, Jarifa; tú has sufrido como yo; tú nunca lloras. Mas, ¡ay, triste! que no ignoras cuán amarga es mi aflicción. Una misma es nuestra pena, en vano el llanto contienes... Tú también, como yo, tienes desgarrado el corazón. La noche (Soneto) En lúgubre silencio sepultados, yacen los mares, cielo, tierra y viento; la luna va, con tardo movimiento, por medio de los astros enlutados. Duerme el feliz pastor con sus ganados, paran las aves su canoro acento, y de la noche el manto soñoliento al hombre da descanso en sus cuidados. ¡ Salve, oh luna ! Salud, nocturno velo, tan deseado del dichoso amante; así entoldases siempre el alto cielo, y de Febo jamás la luz radiante, iluminando el espacioso suelo, viese mi llanto triste e incesante. Romance a la mañana Ya sale la bella aurora de esplendores mil velada, en su carro derramando brillantes perlas y nácar. Las aves salen alegres celebrando la mañana; un rocío grato se esparce que aljófar en todo cuaja. La arboleda reverdece, van murmurando las aguas del arroyuelo y las fuentes agitan sus odas claras. Céfiro süavemente las tiernas flores halaga, que una fragancia agradable por dondequiera derraman. Aquí bailan los amores, allí las hermosas gracias van recogiendo las rosas del rocío salpicadas. De animada luz coloran los montes sus cimas altas, y entre tan gratas bellezas confusa la vista vaga. El pastor cantando guía sus ovejas escarchadas; unce el labrador los bueyes que le siguen con tardanza. El sol por fílgidas nubes va saliendo, y de oro y grana, colora el velo azulado con refulgentes llamas. Un tierno susurro mueve por los árboles el aura que sus hojas suavemente conmueve flebil y blanda. Todo es paz, todo es alegría, y el placer llena el alma. Feliz el hombre que goza de quietud tan dulce y grata, no el que en la corte lujosa do sólo cuidados halla. En jardines se divierte, hijos de la industria humana. Ven al prado, Delio amigo, ven a la pobre cabaña, y despreciando la corte, gocemos de dicha tanta: aquí hallarás mil pastoras más tiernas, más agradecidas que de la triste ciudad las soberbias cortesanas. Aquí al amor cantaremos al son de tu lira blanda, y alejando los cuidados gozaremos dulce calma. La tormenta de noche Idilio ¡ Cómo gime la tierra, cuál retiembla, cuál arrebata el Bóreas furioso de la elevada cima el olmo añoso ! ¡ Cuál desbarata el rayo, cuál despide cárdena luz su precursor ardiente con hórrido bramido, cuál gime el aquilón enfurecido ! El pastor espantado en su infeliz cabaña pide a Dios que su saña detenga y su furor; a los templos la gente corre, la madre ansiosa a su infante amorosa guardando con temor. . Mares arroja el cielo, el ronco trueno suena, y de triste pavor los valles llena. Los labradores miran sus frutos anegados y perdidos; mueve su carro Dios por la alta esfera, haciendo estremecer la tierra entera. Mas la rosada aurora por las puertas de Oriente sale con faz riente. Las pardas nubes huyen, dejando claro el cielo; el azulado velo se empieza ya a mostrar. La solícita abeja sale al prado florido, que su brillo perdido ha vuelto a recoger; y en las flores se posa, su pimpollo picando; el pájaro volando el campo sale a ver. Ven, mi Dorila amada, baja ya a la pradera, deja tu esquivez fiera, ven al campo a gozar; la flor luego marchita el tiempo presuroso, y el placer delicioso pasa sin más tornar. Soneto Llora, llora, infeliz: tu amargo duelo sempiterno será cual tu castigo, y tu linaje mísero contigo llore también sin esperar consuelo. Infanda prole en inmortal desvelo criarás en tu dolor, y tu enemigo se aplacerá, de tu pesar testigo, cuando tu propia sangre inunde el suelo. ¡ Triste ! perdón demandarás en vano; que contra ti de cólera encendido lanzó su maldición Dios soberano. Tronó el cielo y horrísono alarido retumbó el hondo Caos, contra el humano ¡ ay ! maldición sonando pavorido. Soneto Bajas de la cascada, undosa fuente, con armonioso estrépito sonoro; y en lecho de cristal y arenas de oro forma quieto remanso tu corriente. En tu emboscada margen, puro ambiente une sus blandas quejas al canoro himno, que de las aves alza el coro, y al eco en torno resonar se siente. Salve, mansión de mis delicias fuiste, regalo de mi alma enamorada, templo otro tiempo de la gloria mía: Vuelvo a encontrarte desdeñado y triste, y en desventuras mirarás trocada la dicha que gozar me viste un día. Soneto Fresca, lozana, pura y olorosa, gala y adorno del pensil florido, gallarda puesta sobre el ramo erguido, fragancia esparce la naciente rosa. Mas si el ardiente sol lumbre enojosa vibra del can el llamas encendido, el dulce aroma y el color perdido, sus hojas lleva el aura presurosa. Así brilló un momento mi ventura en alas del amor, y hermosa nube fingí tal vez de gloria y alegría. Mas ¡ ay ! que el bien trocóse en amargura, y deshojada por los aires sube la dulce flor de la esperanza mía. A la noche Romance Salve, o tú, noche serena, que al mundo velas augusta, y los pesares de un triste con tu oscuridad endulzas. El arroyuelo a lo lejos más acallado murmura, y entre las ramas el aura eco armonioso susurra. Se cubre el monte de sombras que las praderas anublan, y las estrellas apenas con trémula luz alumbran. Melancólico rüido del mar las olas murmuran, y fatuos, rápidos fuegos entre sus aguas fluctúan. El majestüoso río sus claras ondas enluta, y los colores del campo se ven en sombra confusa. Al aprisco sus ovejas lleva el pastor con presura, y el labrador impaciente los pesados bueyes punza. En sus hogares le esperan su esposa y prole robusta; parca cena, preparada sin sobresalto ni angustia. Todo süave reposo en tu calma, ¡ Oh noche !, buscan, y aun las lágrimas tus sueños al desventurado enjugan. ¡ Oh, qué silencio ! ¡ Oh, qué grata oscuridad y tristura ! ¡ Cómo el alma contemplaros en sí recogida gusta ! Del mustio agorero búho el ronco graznar se escucha, que le magnífico reposo interrumpe de las tumbas. Allá en la elevada torre lánguida lámpara alumbra, y en derredor negras sombras, agitándose, circulan. Mas ya el pértigo de plata muestra naciente la luna. Y las cimas del otero de cándida luz inunda. Con majestad se adelanta y las estrellas ofusca, y el azul del alto cielo reverbera en lumbre pura. Delízase manso el río, y su luz trémula ondula en sus aguas retratada, que le terso espejo relumbran. Al blando batir del remo, dulces cantares se escuchan del pescador, y su barco al plácido rayo cruza. El ruiseñor a su esposa con vario cántico arrulla, y en la calma de los bosques dice él solo sus ternuras. Tal vez de algún caserío se ve subir, en confusas ondas, el humo, y por ellas entreclarear la luna. Por el espeso ramaje penetrar sus rayos dudan, y las hojas que los quiebran, hacen que tímidos luzcan. Ora la brisa süave entre las flores susurra, y de sus gratos aromas, el ancho campo perfuma. Ora ocaso en la montaña, eco sonoro modula algún lánguido sonido, que otro a imitar se apresura. Silencio, plácida clama, a algún murmullo se juntan tal vez, haciendo más grata la faz de la noche augusta. ¡ Oh !, salve, amiga del triste, con blando bálsamo endulza los pesares de mi pecho, que en ti su consuelo buscan. A la luna Salve, tranquila plateada luna, que de la noche la grandeza ensalzas, tus rayos ora derramando alegras mares y tierra. Triste te admiro, desdichado amante, entre las ramas escuchando ahora, dulce jugando con sonantes alas, céfiro flébil. Ya retratada en el arroyo puro, trémula giras en sus ondas claras; ya entre celajes asomando brusca miro tus rayos. Tú me recuerdas, amorosa luna, la dulce noche que en mis tiernos brazos cayó mi bien enajenada, dando lánguidos besos. Tú iluminabas la tendida esfera, tú, venturosa, de Endimión en brazos, tierna mirabas mi felice gozo, gozo anhelado. Aquí la sonido del suave canto que Filomena enamorada entrega al viento, dando cariñosos ayes, tórtola blanda, los dulces labios de mi dulce amada se unieron blandos a mi boca ansiosa por vez primera, disfrutando tiernas gratas delicias. Mas ora gimo, e incesante lloro vierto, escuchando el agorero acento del buho triste, que en algún sepulcro mísero canta. Lánguida luna, que mis triste quejas dulce recoges con amable rostro, si te enternece mi desdicha amarga, llora conmigo. Tú, separada del pastor querido, lloras, ¡ oh luna ! la fatal ausencia, que de sus brazos y del bosque umbroso ora te aparta. Mas tu carroza en la celeste esfera rauda dejando, gozarás, hermosa, tiernas caricias mientras yo derramo lágrimas siempre. Dile a mi vida que su amado ausente mísero muere si en desdicha tanta, a este repuesto sosegado bosque dulce no vuelve. Las quejas de su amor Bellísima parece al vástago prendida gallarda y encendida de Abril la linda flor. Espero muy más bella la virgen ruborosa se muestra al dar llorosa las quejas de su amor. Süave es el acento de dulce amante lira si al blando son suspira de noche el trovador. Mas es aún más suave la voz de la hermosura si dice con ternura las quejas de su amor. Gozoso en noche umbría el triste caminante del alba radïante columbra el resplandor. Espero aún es más grato al alma enamorada oir de su adorada las quejas del amor. Serenata Delio a las rejas de Elisa le canta en noche serena su amores. Raya la luna, y la brisa al pasar plácida suena por las flores. Y el eco que va formando el arroyuelo saltando tan sonoro, le dice Delio a su hermosa en cantilena amorosa: "Yo te adoro". En el regazo adormida del blando sueño presentes mil delicias, a tu ilusión embebida, feliz te finges, y sientes mis caricias. Y en la noche silenciosa por la pradera espaciosa blando coro forman, diciendo a mi acento, el arroyuelo y el viento: "Yo te adoro". En derredor de tu frente leve soplo vuela apenas muy callado, y allí esparcido se siente dulce aroma de azucenas regalado, que en fragancia deleitosa vuela también a la diosa que enamoro, el eco grato que suena, oyendo mi cantinela, "Yo te adoro". Del fondo del pecho mío vuela a ti suspiro tierno con mi acento. En él, mi Elisa, te envío el fuego de amor eterno, que yo siento. Por él, mi adorada hermosa, por esos labios de rosa de ti imploro que le escuches con ternura, y el oirás cómo murmura "Yo te adoro". Despierta y el lecho deja; no prive el sueño tirano de tu risa a Delio, que está a tu reja, y espera ansioso tu mano, bella Elisa. Despierta, que ya pasaron las horas que nos costaron tanto lloro. Sal, que gentil enamorada dice a tu puerta enlazada "Yo te adoro". El pescador Pescadorcita mía, desciende a la ribera y escucha placentera mi cántico de amor; sentado en su barquilla, te canta su cuidado, cual nunca enamorado tu tierno pescador. La noche el cielo encubre, y acalla manso el viento, y el mar sin movimiento también en clama está. A mi batel desciende, mi dulce amada hermosa, la noche tenebrosa tu faz alegrará. Aquí apartados, solos, sin otros pescadores, suavísimos amores felice te diré, y en esos dulces labios de rosas y claveles el ámbar y las mieles que vierten, libaré. La mar adentro iremos en mi batel cantando al son del viento blando amores y placer. Regalaréte entonces mil varios pececillos, que al verte, simplecillos, de ti se harán prender. De conchas y corales y nácar a tu frente guirnalda reluciente, mi bien, te ceñiré. Y eterno amor mil veces jurándote, cumplida en ti, mi dulce vida, mi dicha encontraré. No el hondo mar te espante, ni el viento proceloso, que la ver tu rostro hermoso sus iras calmarán. Y sílfidas y hondinas por reina de los mares con plácidos cantares a par te aclamarán. Ven ¡ ay ! a mi barquilla, completa mi fortuna: Naciente ya la luna refleja el ancho mar; sus mansas olas bate süave, leve brisa. Ven ¡ ay ! mi dulce Elisa, mi pecho a consolar. Canción patriótica Inspíranos tu fuego, divina libertad: y al trueno de tu nombre, o déspotas temblad. Al grito de la patria volvemos, compañeros, blandamos los aceros que intrépida nos da. A la par en nuestros brazos ufanos la ensalzaremos y al orbe proclamemos: "España es libre ya." Inspíranos, etc. Mirad, mirad en sangre y lágrimas teñidos reir los forajidos, gozar en su dolor. Mirad cómo en su seno la indigena espada ocultan: ¡ Imbéciles ! ¿ insultan tal vez nuestro valor ? Inspíranos, etc. ¿ Se animan porque hallaron traidores en las lides ? ¡ Oh ! tiembles, quedan Cides que vuelan a vencer. Las sombras de los héroes nos ciñen de sus palmas. ¿ No ya sentís las almas súbitamente arder ? Inspíranos, etc. ¡ O siempre dulce patria al alma generosa ! ¡ O siempre portentosa magia de libertad ! Tus ínclitos pendones que el libre ya tremola un rayo tornasola del iris de la paz. Inspíranos, etc. En medio del estruendo del broce pavoroso tu grito prodigioso se escucha resonar: Tu grito que las almas inunda de alegría, tu nombre que a la impía caterva hace temblar. Inspíranos, etc. ¡ O don del Cielo mismo, tú, libertad querida, tú, el bálsamo de vida derrama el corazón ! Devuélvenos o diosa la patria y la victoria, devúelvenos la gloria con más feliz blasón. Inspíranos, etc. En tus divinas aras dejándote ofrecida la espada no vencida, ministro de tu ardor: la plácida esperanza, la dulce paz reviva y brille a par la oliva del lauro del valor. Inspíranos, etc. ¿ Quién ¡ ay ! o compañeros, al bélico redoble no siente el pecho noble impávido latir ? Mirad centellantes cual nuncios ya de gloria, reflejos de victoria las armas despedir. Inspíranos, etc. Volemos: ¡ dad laureles ! O dulce patria mía, el astro a ti nos guía de paz y libertad. Desde Pirene a Calpe lancémonos ufanos: no más con los tiranos clemencia ni piedad. A la muerte de Don Joaquín De Pablo (Chapalangarra) Desde la elevada cumbre do la gran Pirene levanta término y moro soberbio que cerca y defiende a España, un joven proscrito de ella tristes lágrimas derrama, y acaso tiende la vista por ver desde allí su patria, desde allí do, a su despecho, llorando deja las armas con que del Sena al Pirene se lanzó por liberarla. Y al ver la turba de esclavos que sus hierros afianzan, de infame triunfo orgullosos, alejarse en algazara, solo entonces, contemplando el suelo que ellos pisaran, y que aun torrentes de sangre recién derramada bañan, en su rápida carrera volcando cuerpos y armas, se sienta en la alzada cima, a un lado la rota espada, y al rumor de los torrentes y del huracán que brama, negra cítara pulsando, endechas lúgubres canta: "Llorad, vírgenes tristes de Iberia, nuestros héroes en fúnebre lloro; dad al viento las trenzas de oro y los cantos de muerte entonad. Y vosotros, ¡ oh nobles guerreros ! de la patria sostén y esperanza, abrasados en sed de venganza, odio eterno al tirano jurad". Coro de vírgenes: "Danos, noche, tu lóbrego manto; nuestras fuentes elute el ciprés. El robusto cayó: su sepulcro del inicuo mancharon sus pies". Enrojece, ¡ oh Pirene !, tus cumbres pura sangre del libre animoso, y el tropel de los siervos odioso en su lago su sed abrevó. Cayó en ellas la gloria de España. Cayó en ellas De Pablo valiente, y al patria, inclinada la frente, su gemido al del héroe juntó. Sus cadenas la patria arrastrando, y su manto con sangre teñido, tardamente y con hondo gemido va a la tumba del fuerte varón. Y el aljado laurel de su frente al sepulcro circunda llorosa, mientras ruge en la fúnebre losa, aherrojado a sus pies, el león. Coro de mancebos: "Traición sólo ha vencido al valiente. Senos astro de triunfo y de honor, tú, que siempre de los déspotas fuiste como a negras tormentas el sol". A Don José García de Villata, I Y en grata esperanza, feliz, a mí mismo me digo yo absorto: "¡ Dichoso, si unido mi dulce Villalta gozara conmigo !" ¡ Ay ! ven el campestre pacífico asilo y allá, entre las nubes, gozoso imagino divisar las sombras de heroicos caudillos que en nobles combates vieran otros siglos, blasón de la patria, terror de enemigos, que hueste sangrienta de Pelayo mismo, triunfante arrullando pendones moriscos, y también del fiero Guzmán, el cuchillo brillar sobre el cuello del mísero niño; y aquellos valientes, de Gerona invictos, los de Zaragoza sobre escombros miro, el águila hollando del gato temido, y en Bailén ¡ oh patria ! y en tantos conflictos, heroicos por siempre, tus ínclitos hijos. ¡ Oh , no ! jamás piensen los siervos indignos que sufran cadenas los iberos mismos que el timbre alcanzaron de honor y heroísmo. ¡ Ay ! ven al campestre pacífico asilo, ¡ oh tú ! de las musas alumno querido, y al orbe arrebate tu canto divino, y anime a los pueblos a llevar el grito de patria y de gloria, de súbito heridos de noble entusiasmo que inflama tus himnos; tal vez tu lira los mágicos trinos harán que yo eleve, cantando contigo, de empresa tan noble acentos más dignos; y entonces si al lauro poético ciño y allá los vergeles del frondoso Pindo, mi nombre entallado en troncos floridos veré por las ninfas del plácido río, y tuya mi gloria, será mi destino dichoso por siempre viviendo contigo. A Don José García de Villalta, II A ti de las musas alumno querido, mi dulce Villalta, mis verso te envío. A ti cuya cuna, mecida en el Pindo amor ensalza de rosas y mirtos. Aquí do sus aguas resbala tranquilo el Sena opulento por bosques floridos, mi pecho recrean tus cantos divinos con siempre decirlos. Y ya te contemplo sondar atrevido misteriosas ciencias allá del empíreo, la ley estudiando que en giro continuo gobierna invariable mundos infinitos; o en lira sublime con lúgubres himnos cantar de la Patria los héroes invictos sus ínclitos nombres robando al olvido, del fiero de Pablo llorando en destino. Y entonces acaso, con triste gemido, recuerdo los días que juntos nos vimos, a par de cien héroes en fuego encendidos, y ansiosos de gloria volando al peligro. Entonces, alegres los libres proscritos, a ver tus umbrales, o Patria, volvimos y allá resonaron nuestros nobles gritos los valles profundos, torrentes y riscos y cumbres nevadas del Pirene altivo. Mas ¡ ay ! que las horadas del déspota indigno triunfar de los pocos intrépidos vimos, y arrastrar furiosos a los oprimidos generosos héroes a injusto suplicio, a par que trabara con lazos inicuos el galo mañoso los nuestros invictos. Allí de las armas despojados fuimos, y luego arrancados del patrio recinto, con lágrimas tristes tan sólo pudimos hacer a los héroes holocausto digno. Volvimos entonces al árido hastío, al llanto y las penas del triste proscrito, a ver como un sueño volar el delirio que acaso nos muestra los lares nativos, en vano anhelantes volviendo continuo los ojos llorosos al suelo querido. Amor a ti entonces un plácido alivio en tanta desdicha guardaba benigno, y hermosa tu amada, con dulces cariños, aun menos amargas tus lágrimas hizo. A la señora de Torrijos Yo sé que estás enojada, y sé tu razón, señora; que de cortés caballero falté a la palabra hermosa. No trato de disculparme, si es mi falta mucha o poca; sólo sé que no he cumplido con mi deber, y esto sobra. Mas yo sé que en perdonar amables ojos se gozan, que si antes bellos parecen, más bellos son si perdonan. Tú en mí perdona un culpable que harto es mi culpa penosa; llevé en mi falta el castigo, que él iba en mi falta propia. Perdóname sí; en tus brazos ojalá estreches gozosa al que, terror del tirano el libre pendón tremola; al que, en los mares de Alcides, es astro sigue de gloria con el ánimo invencible que ningún peligro doma. ¡ Ojalá pronto le abraces, y tú le ciñas las orlas que de laurel a los héroes tejen Minerva y Belona ! Y en tanto que sus hazañas la fama al mundo pregona, tú, con plácida sonrisa admite mi humilde trova. Y espera que pronto el día llegará de la victoria, y oirás más altas canciones, a par con él venturosa. B.S.P. José de Espronceda A Matilde Londres 1832 Amorosa blanca viola, pura y sola en el pensil, embalsama regalada la alborada del abril. Junto al margen florecido del escondido manantial, sólo avisa de su estancia su fragancia virginal. Allí el aura sosegada, con callada timidez hiere apenas, cariñosa, su donosa candidez. Silencioso el arroyuelo con recelo pasa el pie y ni dice su ternura ni murmuran su desdén. Y su imagen mira en ella la doncella con rubor, que es la vida pudorosa flor hermosa del candor. Tal, Matilde, brilla pura tu hermosa celestial; y es más cándida tu risa que la brisa matinal. Nunca turben esos ojos los enojos del amor. Siempre añada tu alegría lozanía a tu esplendor. Y el que brilla refulgente claro Oriente de tu edad, nube impura no mancille; siempre brille tu beldad. Mas si gala al valle umbrío el rocío suele dar, porque aumente así tu encanto vierte el llanto de piedad. Y venida tú del cielo por consuelo al infeliz, brillarás, modesta y sola, cual la viola del Abril. A un ruiseñor Canta en la noche, canta en la mañana, ruiseñor, en el bosque tus amores; canta, que llorará cuando tú llores al alba perlas en la flor temprana. Teñido el cielo de amaranto y grana, la brisa de la tarde entre las flores suspirará también a los rigores de tu amor triste y tu esperanza vana. Y en la noche serena, al puro rayo de la callada luna, tus cantares los ecos sonaran del bosque umbrío; y vertiendo dulcísimo desmayo cual bálsamo süave en mis pesares, endulzará tu acento el llanto mío. (Fragmento) Y a la luz del crepúsculo serena solos vagar por la desierta playa, cuando allá, mar adentro, en su faena cantos de amor el marinero ensaya, y besa blandamente el mar la arena, la luna en calma al horizonte raya, y la brisa que tímida suspira, dulces aromas y frescor respira. Y húmedos ver sus ojos de ternura que abren al alma enamorada un cielo, extáticos de amor y de dulzura con blando, vago y doloroso anhelo: Magia el amor prestando a su hermosura, y el pensamiento deteniendo el vuelo allí donde encontró la fantasía ciertas las dichas que soñó algún día. Y respirar su perfumado aliento y al tacto palpitar sus vestidos, penetrar su amoroso pensamiento y contar de su pecho los latidos, exhalar de molicie y sentimiento tiernos suspiros, lánguidos gemidos, mientras al beso y al placer provoca. Con dulce anhelo la entreabierta boca. A una mariposa Vuela, gentil mariposilla; ondea cual átomo de luz entre las flores; imagen fiel de cándidos amores que en sueños de candor la virgen crea. La flor enamorada te desea, el céfiro viste tus colores y esparce abril para tu aliento olores y en tu imagen la fuente se recrea. Huelga, mariposilla, y si suave perfuma buscas entre flores puras, yo la flor te diré que mejor sabe: Manantial de suavísimas dulzuras los labios son de mi Berarda bella; un beso en ellos por su amante sella. Suave tu sonrisa, amada mía, más dulce tú para mi amante pecho que en la noche sombría el tibio rayo de la blanca luna, si al tímido viajero tras tempestad horrenda, muestra radiante la perdida senda. Tú, mi divinidad; yo a ti rendido, extático en tu faz miro al cielo, y en amor encendido, el más feliz de los mortales todos, disfruto tus caricias, y tierno te enamoro, y pagado en amor feliz te adoro. Yo enjugo el llanto que en tus bellos ojos brotó acaso el pesar; yo en alegría trueco tristes enojos, y yo en tus labios de rubí encendidos recojo enajenado tu lánguido suspiro, y tu aliento purísimo respiro. A Balbino Cortés Goza, Balbino mío, en deliciosa calma los años de tu vida. Aunque lejos (...) cual arbolillo tierno bañado de aguas claras, pomposa copo ostenta de ramos coronada. Así felice seas, y allá en la dulce patria tornes a ver los lares queridos a tu alma. Y de tu anciano padre el alma acongojada alivies, y consueles su llanto es sus desgracias. Y en tanto que este día tu dicha eterna haga, mi amistad y mi lira su numen te consagran. Espronceda, José de (Almendralejo, España, 1808-Madrid, 1842) Poeta español. Hijo de una familia hidalga de fuerte raigambre militar, estudió con Alberto Lista, de quien se convirtió en aventajado discípulo. Desde muy joven se sintió atraído por la literatura y por la actividad política, aficiones ambas que definirían su carrera futura. En 1823, y a raíz de la ejecución del general Riego, fundó, junto a Patricio de la Escosura, una sociedad secreta en pro de la libertad cuyos jóvenes miembros se hacían llamar los Numantinos. La represión política que siguió al trienio liberal motivó su encierro en un convento de Guadalajara, donde emprendió la redacción de Don Pelayo, poema épico de corte neoclásico que dejó inacabado. Tras recobrar la libertad, regresó a Madrid, pero los acontecimientos políticos del país lo impulsaron a marchar al extranjero. Partió hacia Gibraltar, y de allí pasó a Lisboa, de donde fue expulsado, por lo que hubo de refugiarse en Londres, por aquel entonces punto de encuentro de los liberales españoles, en cuyas reuniones participó. En Londres conoció a Teresa Mancha, con quien mantuvo una accidentada relación sentimental. Informado de los acontecimientos revolucionarios que se producían en julio de 1830 en París, allí acudió para participar y, poco después, formó parte de la frustrada expedición liberal del coronel Chapalangarra que intentó entrar en España. Durante su ausencia de Londres, su antigua amante, Teresa, había contraído matrimonio con un comerciante, por lo que ambos decidieron fugarse juntos. Tras otra breve estancia en París, en 1833 regresaron a España, donde Espronceda ingresó en el cuerpo de la Guardia Real. Sus inquietudes políticas, sin embargo, le valieron un destierro en Cuéllar, en 1834, y posteriormente el traslado a Badajoz. También debió esconderse tras la llegada al poder de Toreno, contra cuyo gobierno se rebeló. Durante sus breves etapas en Madrid, participó activamente en la vida literaria de la capital y a pesar de sus frecuentes encarcelamientos y destierros pudo escribir sus primeras obras. El contacto con la poesía romántica europea (Scott Byron) influyó en él poderosamente y orientó su propia producción poética hacia un romanticismo exaltado, pletórico de ritmo, color y fantasía. En 1834 publicó Sancho Saldaña, una novela histórica, y por las mismas fechas escribió varias comedias y el drama histórico Blanca de Borbón, editado póstumamente. El reconocimiento público, sin embargo, le llegó gracias a su producción lírica, publicada a partir de entonces en varios diarios y revistas. La aparición de su ambicioso poema titulado El estudiante de Salamanca en el periódico El EspañolDon Juan, el héroe se tiñe en esta versión de caracteres románticos y se enfrenta a la sociedad y a Dios desde una postura de abierta rebeldía. El diablo mundo, el segundo de sus grandes poemas, constituye una visión épica y moral de la España de su tiempo, que trasciende a epopeya de la humanidad entera. En paralelo, incrementó su actividad política, en especial tras la publicación del opúsculo El ministerio Mendizábal (1836), en el que incluía ideas de Saint-Simon. Por aquellas fechas, la relación con Teresa era ya insostenible y ésta le abandonó, lo que lo sumió en una fuerte depresión. Posteriormente mantuvo relaciones con Carmen de Osorio y con Bernarda de Beruete. En septiembre de 1840, la victoria liberal y la posterior regencia de Espartero le permitieron dar el salto a la primera fila de la palestra política española: elegido diputado a Cortes por Almería, luego fue nombrado secretario de la legación española en La Haya. A su muerte, acontecida súbitamente en 1842, era considerado el mejor poeta español del momento, amén de un político de prometedora trayectoria. Ello motivó que su entierro, en el que se dieron escenas de hondo dolor popular, fuera uno de los actos más multitudinarios de la época. (1836) supuso su primer gran éxito; reinterpretación del mito literario de |
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