| De POEMAS DE LA TIERRA Y LA MEMORIA Ed. Stephen Bloom, Buenos Aires, 1980. DEL UTERO A LA TUMBA UN SUEÑO TE LLEVARA Del útero a la tumba un sueño te llevará, desnudo, el escarpín y la mortaja hechos de la misma seda. Un sueño con mejillas de pétalos que martillea en tu mente, un beso helado, un golpe en la nuca dado por un desconocido con guanteletes de hierro, sonando tras tu puerta en el cerrojo. Fantasma de metal tu cuerpo, desde los cortos pantalones al bastón del viejo transitado por extranjeros que se acercan a escrutar tus vísceras y las señales del cielo con sus dedos de muerte, verás asombrado cómo la cuchara colmada deposita por igual besos y mordiscos en tu alma cóncava. Del útero a la tumba, clavado a la tierra que sólo se abre dos veces, tus ojos noviando con las fotografías verán al niño libre de pecado y cicatrices, diáfano, aunque su llanto presienta y al hierro del amor marcándote la ingle y al molino del olvido girando, por un viento de huesos. Del útero a la tumba un sueño te llevará, las riendas hechas trizas en ese torbellino, en dos segundos de setenta años, sólo una muesca, en un reloj enorme. ALGO FLUYE, CUANDO YA NADA SE AGITA Algo fluye cuando ya nada se agita. Y su paso inadvertido por las tinieblas que duermen con nosotros trocará en una luz exasperada cuanto de ciega tiene la miseria. Desde el fondo, pozo o pantano de números, donde hostigados por el mundo y sus miles de cabezas caímos quince lenguas dentro de la carne, algo que sólo puede tocarse munido de los guantes de la desesperación, algo fluye, cuando creemos que ya nada se agita. Obliga al dolorido músculo del corazón y al cerrado hueso de la mente a comer y beber, aún dentro de sus celdas. Es una fuerza que nos lleva rudamente de la mano e inventa un camino de color insólito, por donde huimos desnudos de los ciegos. Obediente, ella agitará los párpados de los muertos y hará huir a la mosca-heraldo, que espera paciente, colgada de la gula. Colgará de nuevo el sol, cuando la luna caiga. Podremos verla latir en medio de nuestras negras sombras, aún cuando boquiabiertos, observemos día a día pasar nuestros propios funerales. Algo fluye cuando ya nada se agita. Por su gracia habrá fruto en las flores marchitas (su magia gruñirá en la vértebra) lanzará por el aire ancianos y guadañas con pasos de diluvio; nuestras jóvenes canas se ennegrecen, ante el silbato de plata besado a último momento con manos temblorosas que arrojan al viento de los lechos. Y cuando nuestros pálidos huesos den fuerza y vigor a las margaritas, aún palpitarán desde la tumba. Porque algo fluye, cuando creemos que ya nada se agita. De MITOLOGIAS/LA BALADA DE LA MUJER PERDIDA Ediciones Ultimo Reino, Buenos Aires, 1983 LOS MIEDOS ah los terrores que nos visitan de noche que no se ocultan del día los que no inspira ninguna cosa grande ningún desconocido continente pisado recién el borde ni tampoco un leal enemigo francamente buscado en una tapia ni el asombroso eclipse que deja el mediodía en sombra ni un terrible Señor de los Ejércitos en desiertos abrasados por el sol de los pueblos aventureros ah los miedos los pequeños miedos de pequeños hombres no los miedos que eran a su modo honra de un animal desnudo en la enorme extensión de cosas que no tenían nombre no a estar solo y de pie entre un inmenso campo y un inmenso cielo no a la sombra adornada de ojos fosforescentes a la muerte de noche entre los dientes del animal más bello de la tierra una muerte de hombre no a la caída propiciada por el rayo al torrente al alud al fuego de la tierra ni al otro fuego prometido debajo de la tierra ah los miedos que no origina un dios terrible salido de la foresta ni un pariente medieval con su cohorte de brujas y de fetos no el sudor frío frente a frente espada contra espada flecha contra winchester dardo contra lanza ha cambiado la muerte de palabras no es la certeza de una lluvia ardiente ni el pronóstico que un insecto lleva entre raíces al fin también una buena causa como la antigua peste ah los miedos que tú conoces y que son los míos exactamente ésos no se ocultan debajo de la cama no precisan el crujir de la madera el aullido de nada pueblan nuestros sueños de rostros y de notas ellos duermen y caminan con nosotros beben se alimentan vuelven siempre. INFANCIA DE LA MARAVILLOSA Y allí estabas, viva, venías de los candentes países que no recuerda nadie sino en el íltimo minuto, al inicio del tiempo estabas entre la sangre y la luz como una llorosa perla entre raíces, allí estabas luego de la larga agonía entre dos respiraciones, luego del largo túnel y el sueño donde eras una sola Humanidad, ¿recuerdas? un minuto antes eran las calles de Ur, la turbia prehistoria, el ciclo de la savia a la sangre, la desnuda inocencia de un mezclado universo donde todo convivía; ¿recuerdas? oh sí dime que lo recuerdas largo y centellante amor mío, dime que te acuerdas de tu rostro en un lago que se secó hace siglos, que memoras la sangrienta imagen del interior del útero donde toda la historia pasaba veloz por las paredes y dime que te acuerdas de alguien que te amó y que no era yo y que era un fenicio, un tirio, un hombre de lejanas edades y de tu vestido desgarrado en la cámara del rey. Yo hablaré del tiempo en que te he reconocido,. como reconociste al fuego, ese movedizo compañero que te entibió las manos, que te quemó los dedos. Tenías dos años, ¿recuerdas? Dime que recuerdas, un pesado secreto puede hacerse pedazos tan sólo por ese olvido, dime que te acuerdas de hombres y mujeres gigantes y de paredes enormes y así sabré que es cierto: antes, en ese tiempo, danzaba el tiempo y tú corrías como corrimos todos detrás de duendes y de hadas que se tragó un lento movimiento hacia nosotros, hacia estas manos y rostros que insultan el espejo. ¿Tienes presentes a tus muñecas? ¿Te acuerdas de la negra que odiabas y de la deshilachada rubia que veías, porque tú la veías, no es cierto, llorar sobre tu falda? Y los pequeños animales, los míticos y los otros, formaban el cortejo de una niña sola. Te acuerdas del miedo, ese viejo emisario, te acuerdas de la sombras en un rincón del cuarto, de la horrible lámpara que te hacía llorar. Allí del miedo nació tu risa, ésa que yo solo puedo ver, ese gesto infinito que borra la muerte de las edades, esa revancha del hombre sobre el polvo que será. Y allí seguías viva sobre un billón de muertos, sobre todos los muertos y nada detenía el pujar de los huesos, el avance del cuerpo entre los cuerpos, la lanzada mente hacia la luz corría, entre precipicios y sombras y entre sangres y olvidos de lo que eras ayer, venías, sí, tú venías atravesando tu espacio, tu forma, tu materia, eras un universo en viaje a través del universo. Pero de dónde vino ese rostro a preocuparme de sí, de dónde ese olor que se ignora a sí mismo, desde qué entonces sutil ya te conocía. ¿Te acuerdas de un aula donde ya eras callada y peregrina entre papeles y canastos y mapas? Hoy la mitad de esos niños son fantasmas que erran por el mundo, ellos no te recuerdan y sin embargo envidio su inútil privilegio: el haber visto en flor tus ocho años cuando el inocente trazo del mundo era feliz. ¿Recuerdas? ¿Recuerdas la jirafa de un domingo lluvioso de la mano de tu padre? Bien, yo envidio a ese alto animal que se sonríe siempre, porque te vio una tarde, hace ya mucho. El amor es dadivoso: nos da lo irreparable y no se vuelve a ese ya nunca donde vivimos tanto, aunque por qué no gozar la fruta de la memoria. Todo es suponible y yo supongo que esa manchada, elevada arquitectura, desde su tiempo sin límites es la misma que vio lo que ya jamás podrás mostrarme: esa alma primera que todavía, entonces, hablaba con todos los animales y el centro de las cosas. ¿Pero de dónde vino este rostro a llamarme desde un tiempo ido que ni él recuerda aunque nunca lo olvida? ¿Pero de dónde, dónde? Los objetos, las llaves, los cuadernos, las aves, los insectos, las nubes de los cielos que hubo, los paisajes donde hoy se han derrumbado casas y se han sacado muertos, las noches y los días por los que has caminado sola, vuelven en cada medianoche, en cada mediodía, vamos a llorar sobre esas imágenes, vemos a gritar sobre esas imágenes y sobre el mismo llanto que no reconocemos: un hombre, una mujer que se han perdido son una victoria más de un cerrado círculo, la sombra sobre la luz traza su cono arduo, hemos perdido ambos esta guerra infinita. Hemos perdido ambos lo más preciado: a un desconocido. Yo imaginé tu infancia. Yo fui valiente. De BEHERING Y OTROS POEMAS Ed. Filofalsía, Buenos Aires, 1985. Ed. Cuadernillos del Zopilote, México D.F., 1993 BEHERING En cada uno de ellos era muchos un hombre. Eran más todavía. Traían la industria de las armas y el reno rojo, como un bosque ondulante y detrás el lobo que, en una mañana ya añejo, sería el perro de la hoguera y de las sobras, el sirviente blanco. Eran muchos, no un hombre. Vagos sus nombres se referían al viento y a los tótems, a un hecho que pasó en un nacimiento, el deshielo que ahogó o el meteoro fugaz que ardió en la tundra o la muchacha audaz que en mar abierto, salvó a su hijo de la cólera brutal de la ballena. Sus dioses eran el salmón que cada año retorna como el año y que va al mar y el oso pardo, una montaña que muge y que el filo de lanza abate, y el pesado bisonte y el tigre rayado, que se quedó en Siberia y que la manta del navajo evoca: extranjeros, ellos serían América, la múltiple figura que no supo Balboa y que Pizarro abandonó a la imaginación de un franciscano. De hueso, no de madera y de noche serían sus dioses ni de la piedra que labran los pueblos de una tierra supuesta, entre la niebla de sus transmigraciones. Eran crueles y antiguos como el Asia; fundarían imperios en la aurora y en México, reinos en Bolivia, fortalezas donde un signo inequívoco mostrara la voluntad de estos dioses: un águila en el aire arrebatando la serpiente, un árbol singular, como un recuerdo de las llanuras heladas y el Mar Blanco, que ya sólo evocaban los viejos moribundos y el Sueño, que es eterno. Alzarían Tenochtitlán, el Cuzco y el enigma silencioso, Tiahuanaco, en la isla de Pascua graves rostros que contemplan todavía su gran marcha; otros, sin embargo, volverían al corazón de las selvas y al olvido, como los muertos al pasado, al país de la cuna y de las tumbas. Mañana, todavía, aún faltaba, nuevos extranjeros alzarían ferrocarriles, calles, edificios, calendarios regidos por el sol y no la luna, venidos de otros Beherings y otras fechas, en nuestras claras ciudades, oh ingenuas tierras, seremos siempre dobles: uno solo y muchos, hombres de ninguna parte. JUBILO Y CAIDA Armonía primera allí te vi, no era necesario mirar las partes de tu reino entero pero allí te vi y no quise detenerme en tu orilla, tu orilla que está en las simples cosas llenas de tu ondulante sombra. Qué delicadamente, luz en la luz, centro del día, te corporizas o elijes una sencilla forma cuando nos prestas tus ojos y cómo un eterno amor nos lleva de la mano a tus criaturas, allí donde eres sí, en lo animado, la infinita danza, la queja misma de cuanto existe. Alta serenidad todo es tu vaso y cada uno declara tuyo un color nuevo. Es abril de un año que para ti no cuenta y sin embargo un dulce calor te trajo aquí a mi lado. Era yo apenas una certeza esta mañana y la espuma del sueño y los lados del día se apagaban en mí. Bastó pedir, correr a tu contagio, para que un soplo sobre las cenizas que empolvaban las cosas encendiera de nuevo el mundo de carbunclos, las amatistas del aire... ¿las múltiples facetas de tus brillantes vidrieras, de dónde vienen, de qué sima profunda o de qué cima pública y expuesta, de qué otro tiempo apenas visitado, apenas entrevisto en el fuego del fuego? Peor ayuno no hay, que el que hay de ti. DE LAS TANTAS COSAS QUE NO PUEDE De las tantas cosas que no puede mostrar ciertamente la palabra, la primera imposible es el olor tan propio y exacto de las cosas. La poesía también es como el aroma. Así quedan sin nombre el olor definitivo de la lluvia y el efímero matiz que se respira al asomarse a las sombras de un aljibe; el olor del primer mar, a los seis años, la fragancia, que nos asustaba, de los cielos nublados, y el olor a comida de una casa que nos fue querida. La memoria tal vez sea sólo visión de olores olvidados, como este papel a donde llamo a la presencia ardiente de unas hojas quemadas y a la clave del enigma de la rosa; al olor de las sangres que no vi derramarse, al olor del incienso y al del alcanfor, un olor que resplandece; al de las jóvenes mujeres en los baños públicos, al de las monedas, que abandonan la mano y que retornan, al de la tierra de Pinzón una mañana de octubre, al de los gatos, al olor milagroso de las cosas vulgares, de las que apenas se comprende que emanan la noche poderosa, al de un río que corre lejos y al que sin razón evoco, al de la palabra marisma, al de retablo, a los de esta mañana que partieron a un país sin dónde, al de una muchacha que se fue, el 2 de noviembre de 1982, para que mis palabras pidieran el perfume de unos versos y me quedaran la fecha y la balada, el de las ballenas que tiñen la espuma de aceite y de tamaño, el de un hombre que hablaba del origen del día, al de las tantas cosas a las que no pude acercarme y que me esperan. Son otro mundo más sobre este mundo, veo el bosque y entre el bosque la selva del aroma. Yo me voy de los hombres y las cosas como un salvaje que marcha a las ciudades y dice adiós a su mundo de olores; también a mí ellos vuelven bellos y pesados como un remordimiento. Serán desde estos versos mi memoria, seguirán sobre el mundo cuando me haya muerto. De GUERRA, EPITAFIOS Y CONVERSACIONES Editorial Filofalsía, Buenos Aires, 1989. LAO-TSE PREPARA UNA SENTENCIA Nada de lo que diga Puede desviar la caída de una hoja. Una palabra no Frenará la otra. Es inútil que a éstos Que me escuchan dedique Una verdad: la harán pedazos. De sus pedazos nacerá Lao-Tsé. EL PESCADOR DE PERLAS Esta tarde y parte de la noche volví a sumergirme en el espeso mar donde flotamos los seres y las cosas. Bajé por perlas que mostrar a los hombres que temen siquiera el riesgo de la orilla. Esta tarde y parte de la noche estuve en ese silencio, en esas profundidades donde el más infinito placer sería disolverse y supe que en todos los caminos hay monstruos para quien los teme. Llegué nadando adonde no se ama ni se odia, sencillamente se flota sobre un eterno presente y todo lo que miras es tu contemporáneo: nada más traen las olas del atrás y el adelante. Tomé allí esta perla y ahora te la ofrezco. Pero cuando quise volver, no vi a ningún hombre en la orilla. No vi orilla. Todo es el mar. Esos que temen la orilla no saben que caminan en el mar. EPITAFIOS Juan Arturo Nicolás Rimbaud: ¿junto a qué sagrado terror por lo entrevisto, navegó por tu alma la certeza atroz de perder para siempre la visión, al abandonar la Ciencia? Ya no hubo tiempo, ni otra oportunidad de contemplar aturdido el incendio de las estrellas, para traducirlo al hombre ya no hubo tiempo. De FRACTAL Ediciones Correo Latino, Buenos Aires, 1992 LOS OJOS DE RIMBAUD Azules, de bárbaro. Hoy cantan para ti los suaves trinos y en el taller literario adelgaza la voz el papagayo: conmovida endulza las Grandes Miradas su lección de confitero. De este lado rezamos por ti hincados ante un lobo: que la bella ciencia es una habitación que da a lo oscuro y el hombre, ese acertado inconstante, es apenas unos pocos pasos que por ella van y vienen. Hoy que las profesoras de letras olvidaron todo lo que saben de ti los presidiarios y el vago que, a riesgo de ser aplastado por los automóviles, detiene la metáfora de su paso por recoger el milagro de una hoja, sin alcanzar a explicárselo; hoy que apenas los ascensoristas se levantan de entre los demás, hoy que esta loca materia aparece ahogada y vencida, como lo estuvo siempre, como va a estarlo siempre, flotando sobre las aguas de los números; hoy que en tusa selvas vírgenes arraigaron los casinos y suena música disco en todas las Africas tonantes, hoy que en la calle 88 y Broadway una horrible fulana te pasea impreso en su remera, sonriente con toda la Gloria Americana, hoy que encuadernado en cuero y con letras doradas te exhiben los dentistas en sus huecas bibliotecas y te honran a su modo, repartiendo venenos por las calles del mundo los ágiles traficantes, hoy que caen los muros y todas las posteridades se desploman, hoy que la Historia, esa vieja enemiga, se ríe de nosotros diciendo que no existe, como en tu tiempo repetía el Diablo; hoy que los blandos músculos de los diputados pueden arrojar al mar, si quieren, a miles de forzudos extranjeros, hoy que la tímida democracia probó ser más efectiva que los reyes, hoy que todos por fin somos buenos y alza su copa radiante el rosado, negro, amarillo y cobrizo banquete de la vida, más allá de los caritativos grupos que intentan el soneto, a través de las bibliotecas barridas por el polvo y las secretarias, sin dactilografía ni voz ni esperanza ni objeto, cruzan las geografías dos luces gruesas y potentes anillando la Tierra. No por el símbolo sino por la mirada eres como el dios de plástico que cuelga de su pared el asustado, para que esos Ojos le sigan por la casa. Para nosotros los mínimos, para nosotros los pocos, para nosotros los débiles, que sólo queremos estar ociosos, tus párpados están siempre abiertos, hermano desdeñoso, Jesucristo el Terrible, hoy que es una vergüenza tener hambre siguen mirando lo mismo tus fanales salvajes. UNA AVISPA CRUZO EL HIMEN DE LA VENTANA El astuto animal fue ingenuo dos horas por la casa: antes del polvo de las cosas tocó los helechos salvajes, los gruesos valles del jardín diminuto, la piedra que es llanura de lava para su ojo infinito: un viajero aprensivo por las habitaciones casi desiertas alentó inútilmente las plantas prisioneras, rondó la cabeza del perro semidormido que lo espantó como a un remordimiento. La antesala fue el Cañón del Colorado: antes sus poderosos antepasados visitaron otras comarcas ausentes de follaje. Fue curiosidad: Rousseau no pensó en la avispa negra que anida sólo en tierra cuando labró la cara del salvaje conveniente, bondadoso; curiosidad de ver dónde desova su estirpe y cómo amasa el barro de sus habitaciones el gran animal blanco que le teme y espanta desde el origen del tiempo. Armado activista de otra casa, antigua, abandonada, donde fuimos el intruso, curioso, como una avispa negra. EL MAR DE LOS ANTIGUOS No volverá jamás el mar de los antiguos a rebañar las costas creadas por sus olas. Un año de ancho, una vida de largo, se sumió en la honda bocanada del fondo. Con él las bandas de Erik el Violento y la pacífica vela de otro ladrón, fenicio, doblaron para siempre ese horizonte blando y abajo el precipicio que los tragó a todos como se cierra un libro. Ni el ceñudo pirata que un día fue estatura y bronceado y sombra, ni el traficante sofocado bajo tricornio y títulos, tuvieron el poder de detener aquellas otras olas que se llaman horas; menos el múltiple ahogado, ése sin nombre, puede asomar la cabeza ahora para su intrépido persistir bajo la luna, a solas. Ah mar de Eneas y de Ulises que no eras éste y eras la cuna del delfín y las especias y el camino del oro y siempre, lo Otro. Qué portugueses y españoles eran cuando eran los que eran en el mar. ¡Y el junco de esa otra historia, la ignorada, que salía a él bajando de los ríos como una rama armada de astrolabio, con hombres amarillos bajo la tensa seda guardando sus secretos, sus caminos y sus signos! Veo entre peces voladores cabalgar la trirreme del romano y al bajel del griego salir de la zozobra; todas esas ambiciones que iban tras las Hespérides encalladas en el arrecife del Minuto. Y la Sirena, el paganismo de a bordo recubierto de escamas y colocado fuera, y el oficial Leviatán del Viejo Testamento condensados en la ballena blanca que surcó todavía, en mil ochocientos y tantos, el querido inolvidable mar de los antiguos. DEJA QUE HABLE EZRA POUND Si no tienes nada que decir cállate deja que hable Ezra Pound desde las sombras el espléndido anciano desde la fina línea de agua el magnífico anciano te muestra los genuinos billetes de su fortuna y todos brillan legítimos peces de un río infinito que sí ése nunca se detiene. Si no tienes nada que decir cállate los altos caballeros las damas abigarradas que vivieron y murieron y nacieron por esta sola causa no pueden tener al lado el tartamudeo de un enano la cojera de un monedero falso que delata que el oro de sus verbos carece de aquella delgada línea de agua esa finesse salvaje la impecable mancha que no adorna la cabeza del animal escrito -que cruza sólo un instante por el papel- sino que sale de adentro del animal desfondado de las vísceras vivas donde corre la sangre real -ésa de donde proviene el color del colorado- y palpita afuera como un monstruo de luz como una imagen sin otra capilla que cada cosa de cada universo posible e imposible la que podría muy bien ser adorada de pie y sin velos sin altares ni nada -ni siquiera acólitos- bajo el nombre de nuestra señora de los verbos nimbada de estiércoles y nervios de eclipses y novas oh tú alta y baja sublime maliciosa poesía que reinas sobre la amplia noche y el delgado día De EL PASADO Y LAS VISPERAS Ediciones Aleph /Universidad de los Andes, Venezuela, 1995. CESAR VALLEJO Por los corredores de la imaginación ir caminando, libre y solo para siempre, como cuando era y no sabía que era un niño, hasta olvidar que estoy imaginando. Que esta carne pesada, que orina y suda, en una o dos ideas se resuma o vuelva bien atrás, a esa casi nada que casi nada ve en su cielo nublado. Devuélveme al chimpancé o hazme sólo literatura, mas no me dejes la condición de hombre. Esto que todo lo pesa en mí afuera no pesa nada. DE LO QUE HUYE Pensar que Spinoza murió puliendo lentes. Que Blake se fatigaba en una imprenta esperando la conversación de ese día con los ángeles. Que por vivir Baudelaire se humillaba ante su madre. Que Rimbaud fue silenciado por Rimbaud, para que este ingenuo me hable de la literatura. Como si posible fuera otra cosa que inventar ante otros la forma de lo informe y cobrar un salario. Qué persuadido está de lo improbable. Esas palabras han erigido congresos y simposios y prestigios y famas quizá más perdurables. Y en el centro, el errante, de esta cosa mundana, ese brillo salvaje que por disfraz, por burlarse o por escapar aun más del terco intento, ha inventado también estas criaturas, seguro ríe en alguno desde el fondo de la sala. O mira con piedad su simulacro. De LA YEGUA DE LA NOCHE Ed. Del Castillo Editores, Santiago de Chile, 2001 VEO A UNA MUJER MAQUILLARSE Veo a una mujer maquillarse cualquier mujer y cambia primero está pensando en otra cosa (porque cuando una mujer comienza a maquillarse aún no ha separado este acto del resto del día) Pero luego disponiendo los objetos varios que la ceremonia determina preciosamente en su exacto lugar en torno de sus manos la mujer sabe que algo ha ingresado de nuevo a este mundo Se abstiene sin embargo de nombrar eso que viene Polvos cremas pinturas para la delicada construcción lápices que escribirán otras palabras que estas palabras que intentarán decir a la que esconde La otra como ella se ve debe ser dibujada por esta la que se asoma al espejo para verla Ella está como tímida ante su hermana mayor que insiste insiste “sácame de la nada invócame haz que nuevamente sea entre los seres las horas y las cosas haz que sea nuevamente entre los hombres sí sobre todo haz que nuevamente sea entre los hombres” Y la pequeña se somete al llamado de la grande y la saca y la dibuja en el espejo Del otro lado se queda ella colocada en el dibujo Polvos cremas pinturas lápices el instrumental es el mismo de todas las ceremonias semejantes quien fabrica estas cosas sí que sabe lo que hace Veo a una mujer maquillarse y me fascina Por su parte y como siempre la mujer sólo está fascinada por sí misma Nada ni nadie existe ni cuando se acerca al espejo ni cuando está ante el espejo ni cuando se quita de él Extraña especie tan cantada y sorda Navega por la vida atada a su poder y lo puesto en sus oídos lo colocado ante sus ojos lo concentrado en su boca la salva de caer Será por eso que ante una estamos siempre solos Enigmas de lo que no puede caer Ahora traza una línea ha dudado no por no saber sino porque conociendo el significado de la ceremonia goza de lo preliminar ahora traza una línea y divide el día en dos Ya fue hecho lo demás es desarrollo una línea azul oscura apenas un trazo sobre el ojo izquierdo que ha sido completamente transformado Ya no es un ojo humano no es el ojo que vino con ella del vientre que sabía que paría a una mujer sino un ojo de ella definitivamente suyo El ojo mira al resto en el espejo y está satisfecho parpadea para alentar a la mujer La otra la mira desde ese ojo donde ya se asoma y vigilante la obliga a lo demás Sin embargo la mujer hace una pausa a medias maquillada bebe una taza de té hay un placer en eso de andar a medias maquillada por el mundo Paralelamente es como demostrarle todavía a la otra un diminuto poder una ligera potencia que alcanza a diferirla pero que no podrá evitarla Cosa que ambas saben y agradecen Pero finalmente también el ojo derecho cambia y la otra ya ve perfectamente en el espejo ahora es ella la que ve y la primera mujer se va yendo lentamente trazo a trazo Hay unas cremas castañas untuosas con las que las mujeres cambian de piel no oscurecen la suya sino que sacan la otra piel de las mejillas la dejan asomar Ignoro por completo el nombre de ese ungüento como ignoro los nombres de los otros elementos de la ceremonia porque ellos y sus nombres pertenecen por completo al otro mundo El que convive con el del hombre en esta tierra y en la historia Nombres cosas términos precisos que no podemos comprender que vienen de otra lengua que son dichos en otra lengua mucho más sugestiva que la nuestra una lengua que está hecha para usarla en voz baja casi susurrándola Porque no pertenece al universo de las grandes expansiones sino al de la reserva al de lo íntimo lo cerrado En esa lengua hablan entre sí las mujeres y hablan ante el espejo con la otra Donde un gesto quiere decir otra cosa donde ninguna palabra se corresponde con las nuestras allí en esa lengua una mujer se maquilla y nosotros creemos que se adorna Ante el espejo todo ha sido consumado y la otra ya está en este mundo la mujer anterior se ha ido y esta es la que se mira entera Mueve alternativamente un músculo sonríe levanta o inclina la cabeza como un actor que calcula sus fuerzas y ensaya previamente movimientos Esta mujer otra mide ante el espejo sinuosidades gestos pausas A solas previas únicas estas gesticulaciones son como los arquetipos que viven perfectos en el mundo de las ideas pero luego se plasman en número Repeticiones de cada uno de estos movimientos serán lanzadas con alevosa precisión sobre el mundo de las cosas Se incorporarán a él sin perder su condición de extrañas La mujer no es sólo ella sino también sus gestos además del cuerpo ocupa el alrededor del cuerpo la habitación el lugar entero donde se encuentre Como esta mujer la otra que todavía se mira un poco más en el espejo máscara de la máscara ficción se cree que completa DEL AMOR POR LOS BARBAROS Lo opuesto busca su opuesto Y en lo blanco la gota que hay de negro Crece Hasta hacer lo blanco negro Y así en lo contrario hace la gota blanca Todos deseamos lo opuesto Que encarna frente a ti De tanto en tanto Y trae su exótica religión su idea del asunto Sus distracciones sus aparentes crueldades El poco cuidado con que trata los más preciados dones Las ofrendas y regalos que destinábamos Antes A nuestro propio fetiche Tal nuestra donación Los bárbaros poseen la ingenuidad de lo que fuimos Aquello que en ellos no ha crecido nunca O bien nunca lo ha hecho en esta dirección Son lo que fue posible que fuéramos hoy y no prosperó Por eso la ternura el celo el interés que sentimos Por su aparente torpeza Su falta constante de consideración Nuestro consuelo cuando nos matan sus actos es mirarlos benignamente Y acariciar o al menos intentar hacerlo La brutalidad que destroza y que Cuando se les reprocha Sinceramente no comprenden Como no comprenderían si llorásemos delante de ellos El porqué de todas esas lágrimas se sienten inocentes Lo son nuestra es la tragedia de entenderlo Y de entender que nada podemos hacer Ni por amor ni por odio para redimir a la criatura De su condición de bárbara Este de todos los dones es quizás el más extraño Que nos dieron nuestros dioses Nuestros dioses que no existen También están esos bárbaros que se nos parecen Pero no son nosotros cuídate sobre todo de ellos Son los más peligrosos son los que realmente Llegan a tu corazón Con sus similitudes Sus engaños de los que son desde luego Totalmente inocentes Pero nadie cambia a los bárbaros Y cuando aparece su barbarie expresa su “bajeza” Su “violencia” su “impiedad” su fastidiosa negligencia extrema Ya están dentro de nosotros y es tarde Muy tarde para todo Y no se van jamás de aquello Que conquistó su impericia su malicia inconsciente Y también su destreza Largamente adquirida En combate contra otros bárbaros Seremos su triunfo la gota de alegría infantil Que dura un día La jactancia a solas que pronto se disipa Nuestras serán las ruinas las veneradas estatuas Rotas que vendimos por ellos a precio de mercado Nada o casi nada vale algo nuestro entre los bárbaros Y nuestra será la noche donde algo se incendiará Eternamente para siempre en llamas Por amor a los bárbaros EL HUDSON
¡Oh! ¡Y luego estar con uno mismo! ¡Estos enmudecimientos! ¡Este andar a la deriva! Gottfried Benn Cuando la tomamos demasiado en serio, la poesía empieza a tomarnos en broma: Dónde es el papel, en qué otro cielo vuela este insecto porque yo lo escribo. Por qué cadencias la madurez de su ausencia se troca en lo que ya antes sin yo saberlo era una agregada catástrofe, quizá feliz, sin que sea del todo aquí la falta del volumen y del peso, casi inconsistente pero ya medianamente cierto, éste que revolotea entre el cuarto y aquel cielo, sin duda tan entero como nosotros lo estamos de su lado. Y si no, certidumbre dime de dónde viene y adónde va su desafiante respiración que señalas como ajena y es suya aunque lejana, en trayecto. De igual modo allí están cuantos y cuanto no veo, adonde el insecto va y donde vuela... ¿Quieres cuál insecto, dime, tras esos bordes? Nadie conjura nada que no lo haya evocado. Y leer que es buscar lo que más se teme, el otro acto tan indivisible como el caballo o el hombre del centauro, no es atravesar ningún borde sino en la misma vigilia otra repentina forma; las manos que vuelven cada página abren la maleza de una ambigua selva. Atardece, es de noche en la ciénaga, ya ves como obediente a la luz que declina se ha posado a cantar en la orilla vecina, las alas contra el cuerpo, inocente de todo. Nada puede ocurrir si le acierta esta piedra. I. ¿Qué otro río es éste bajo el nombre sino el mismo río que te mata, Heráclito, en sus aguas? Las saladas y las dulces son el idéntico caudal que las transporta: una orilla es el Hudson, otra es el Ganges y hay otra orilla, además, para otros nombres. Ancho y angosto, largo y corto río del mundo al que tomamos por sus meandros: incluso el que gotea en sus sótanos profundos. Todo es la orilla: ni la rueda ni el fuego ni el lenguaje salieron jamás hacia otras tierras que no fueran esta azul Mesopotamia. Siempre atrás, siempre adelante, nunca supiste, Almirante, cuán interiores eran las aguas que cruzaste. Así es de noche y es de día en cada mitad del río. II. Qué ingenuo, viejo Hudson, el que creyó que iba a hablar de ti y del Rin y del Danubio, cuando esta noche he bebido tus metáforas como allá enfrente ¿es New Jersey? alguien bebe su vodka, su arak, su whisky, el usho de las Cícladas, el vino negro y espeso de un fuerte mediodía. El trago de tus aguas que emborrachan lleva al centro mismo de tu corriente múltiple: cuanto más quito de ella, más le devuelvo. ¿Qué relación habrá, íntimo Hudson, entre tú y este río al que veo escurrirse entre los puentes, este sí, seguro, de la estirpe del río único del que habla el primer canto? Cuánto se aclararía y se enturbiaría de saberlo, entre un juego del mundo y un juego de palabras. Pero tenía que engañarte a ti que lees o a ti que escuchas (¿dónde, en qué lugar correrá ahora, después de escrito, el poema-río?) para que con menos desconfianza me acompañaras a estos movedizos remolinos, donde como en el desorden de una sopa de letras muchos nombres se asoman y se esconden. Me pregunto también qué pasaría si estuviera a mi lado un poderoso policía, un hombre bueno, y tuviera que explicarle todo esto paso a paso, la intoxicación con agua que no está pero que sí, también ella deja su huella en el aliento y un andar trémulo y distante, es esto ya una experiencia rara en el mundo pero igualmente fácil de confundir con otras dilatadas pupilas, con otros pulsos alterados, con otras alucinaciones ¿más baratas? Ni hablar de las secuelas. Crea un hábito incontenible. En otros tiempos seguramente había quien mataba para proporcionársela (¿Me escuchas Gilles de Rais? ¿Me escuchas gran Tiberio debajo de la tierra?) O nunca hubo nadie en ese trance. Ni siquiera alguien que muriera por ella; viejo Hudson de la mente, tú que eres su objeto y su riego tendrías que saberlo y que decírmelo. Ya nadie dice “caballo” y hay un potrillo nuevo sobre el mundo. Maldice, bendice, de ahora en más el pan que lleves a tu boca sabrá a contradicción |